Tenía el pelo atigrado, ojos marcianos, orejas de punta y bigotes tensos, como las raspas de pescado que tanto le gustaban. Como por aquella época pasaban por televisión unos dibujos animados sobre un gato que se llamaba Isidoro, el pequeño Tico y sus hermanos le pusieron el mismo nombre. Pero Isidoro no era un gato como los demás; se sentaba a ver películas con la familia, sus maullidos se parecían a las palabras, y, cuando alguien lo llamaba por su nombre, él lo miraba y se acercaba, como si se prestase a escuchar sus secretos. En unos meses el piso se le quedó pequeño, y aprovechaba las ocasiones en que la puerta quedaba entreabierta, salía al rellano, y de ahí descendía varios tramos de escalera, hasta la calle, donde se perdía durante horas. Se escapaba con tanta elegancia y seguridad, que ni los padres de Tico ni los hermanos trataban de impedírselo, como si fuese un huésped que tuviese su vida propia. Incluso llegado un momento, él mismo comenzó a solicitar que le abriesen la puerta. Lo pedía con un amable “miaaaaaau” con énfasis en la “a” (un poco más larga que la de pedir comida y un poco más corta que la de llamar desde el balcón a alguna de sus novias).
Por entonces la pequeña vida de Tico era muy aburrida. Una de sus escasas diversiones consistía en asomarse al balcón y contemplar lo que pasaba en la calle. Su evento preferido era la salida de Isidoro. Nada más verlo desaparecer tras la puerta, se iba corriendo hacia el balcón, para asomarse y comprobar que la mancha atigrada salía por el portal, y se perdía por los bajos de los coches. Y así un día tras otro, siempre el mismo ritual. Pero una vez Tico se fijó en algo extraño. La excursión de Isidoro solía iniciarse en el mismo momento de la mañana, y el regreso solía darse también con una extraña puntualidad. Todos los días igual. Se dio cuenta de que la salida de Isidoro ocurría siempre después de que pasara el afilador de cuchillos, con la piedra afiladora en la parte trasera de su moto, y justo antes de que apareciese el vendedor ambulante de fruta, con su carro de tres ruedas. Desde que descubrió el momento en el que Isidoro se plantaba frente a la puerta y lanzaba su “miaaaaaau”, reclamando su libertad, pasaba toda la mañana pendiente de que se diesen esas situaciones, y así sorprenderse un día más de esas misteriosas coincidencias. Cuando se marchaba, su imaginación se iba con él. Lo imaginaba con una pandilla de amigos, saltando por los tejados, jugando a algún juego, o tumbado en el césped del parque al que sus padres lo llevaban los domingos, cerca aquel estanque donde abundaban los peces.
Pero un día la situación desbordó la curiosidad de Tico. Comprobó una vez más como Isidoro se perdía por debajo de los coches. Aunque esta vez se preguntó: ¿podría seguirlo? ¿Podría averiguar a dónde iba? Era demasiado pequeño para que le permitiesen salir solo a la calle, pero se consideraba tan capaz de sobrevivir como Isidoro. Además, no pretendía permanecer fuera de la casa todo el tiempo que estaba él, tan sólo quería saber a donde iba. Así que a la mañana siguiente se dispuso a esperar el cúmulo de eventos tras los cuales Isidoro se marchaba.
El gato comenzó a maullar como todas las mañanas, y como siempre su madre le abrió la puerta. Entonces Tico esperó a que el delantal blanco de su madre se perdiese en la cocina, entre pitidos y la nube de vapores que salían de la olla a presión, como en los trenes antiguos. Tico aprovechó el momento, abrió la puerta todo lo silenciosamente que pudo, y salió corriendo por las escaleras para alcanzar a Isidoro. Cuando llegó al portal, éste cruzaba el rellano, andando despacio, con el contorneo tranquilo y felino de un pequeño tigre. Isidoro no perdió la compostura al salir a la calle y exponerse a las personas que pasaban por ella. Anduvo sin prisas hasta meterse debajo de un coche que había aparcado enfrente. Tico le siguió y se agachó para verlo, pero cuando llegó, ya se había pasado al coche que había detrás. Luego pasó al otro, después al otro, y así se paseó por debajo de todos los vehículos aparcados junto a la acera, con el mismo desparpajo que lo hacía por cualquier otro sitio. Al principio Tico se agachaba, pero descubrió que era más cómodo seguirlo de pié, andando. Aunque de ese modo sólo lo veía cuando pasaba de un coche a otro. En esos pequeños instantes Isidoro a veces lo miraba, con absoluta tranquilidad, como si tuviese la confianza de que lo podía despistar en cualquier momento, o como si no le importase nada que averiguase a donde iba. De esa forma recorrieron varias calles, e incluso llegaron a una gran avenida, donde Isidoro se quedó parado debajo de un coche. En ese momento Tico dudó. Se habían alejado demasiado de casa y aquella parte del barrio ya no le era conocida. Se agachó y comenzó a hablarle al gato, a pedirle que volvieran. Pero mientras trataba de convencerlo, un semáforo cercano cambió a rojo para los vehículos, y la gente comenzó a cruzar. Isidoro se fue detrás, y pasó al otro lado de la avenida por el paso de cebra, como si fuese un peatón más. Tico le siguió y trató de atraparlo, pero el gato consiguió meterse bajo otro coche. Así prosiguió su ruta sin prisas, por debajo de los vehículos aparcados junto a las aceras del otro lado de la avenida. De ese mismo modo recorrió varias calles, y por fin llegó a un lugar donde se detuvo.
Allí sólo había una gran pared blanca y, en el centro de ella, una puerta negra con brillo metálico. Era el final de un sucio callejón, en la parte trasera de un edificio. Entonces Tico se agachó por los bajos del coche, y, desechando cualquier intento de conversación con el gato, alargó los brazos en un intento de atraparlo y arrastrarlo hasta casa. Pero de repente Isidoro comenzó a maullar. Era un maullido largo. Un “miauuuuu” con una “u” eterna, interminable, en el que era difícil distinguir si se apagaba o se unía con una posterior. Aunque pronto el chico se dio cuenta de que la “u” no era sólo suya, otros gatos cercanos se habían unido al concierto. Dos coches por detrás había un gato negro, subido a una tapia uno muy grande marrón, y en un árbol cercano otro gris guardaba el equilibrio. Poco a poco fueron llegando más y más, y aquello se llenó de ojos marcianos, orejas de punta y bigotes tensos. Tico se hizo a la idea de lo que debía de sentir Isidoro cuando su familia celebraba algo en la casa, y ésta se llenaba de niños, hombres y mujeres, quedando en medio él, como único de su especie.
Pasado un primer momento de intensos maullidos, éstos decrecieron, para más tarde volver a crecer de nuevo, como en un coro. Tico estaba expectante de ver que hacían, si jugaban a algo, si se medían en alguna competición. Pero de repente, cuando el nivel de los maullidos llegó a su máximo, tanto que Tico creyó que lo estarían escuchando incluso desde su casa, la puerta negra se abrió. Provocó un estruendo metálico al chocar contra la pared blanca. De la oscuridad del interior del local escaparon vapores densos, cargados de olor a comida, como los de la cocina de su madre, y de entre ellos salió un hombre grande, obeso, con un delantal blanco y un gran gorro blanco también. Arrastraba un cubo de plástico negro. Lo sacó a la calle con esfuerzo y volcó su contenido en una esquina. Un intenso olor a pescado lo inundó todo, aunque casi antes de comenzar a percibirlo, el ejército de gatos ya había abandonado los bajos de los coches, las ramas de los árboles, la altura de las tapias cercanas, y había cubierto el montón de desperdicios con sus pieles atigradas. Una de ellas debía de ser la de Isidoro. El hombre desapareció entre los vapores, arrastrando su cubo, y la puerta negra volvió a cerrarse, sobre la pared blanca.