La noche es calurosa. Pegajosamente calurosa. El verano se resiste a abandonar la ciudad, pero antes de hacerlo, deja en sus calles un recuerdo de asfalto recalentado y goteo de máquinas de refrigeración. Dani no encuentra el lado adecuado de la cama, el que le permita aparcar sus pensamientos. El sudor ha calado en la almohada. Un velo de humedad inunda todos los rincones del pequeño apartamento. Se deja sentir desde la descolorida puerta de entrada hasta el amarillento frigorífico, pasando por las espadas samuráis colgadas en la pared. La única ventana de la estancia está totalmente abierta, como reclamo para una brisa que no llega. Por ella se asoma una luna como un demonio de grande. Dani está tendido hacia ella. Su intensa luz le obliga a regresar a otros tiempos, cuando la luna era una amiga, una diosa que le daba sentido a todo. Pero ahora Dani quiere escapar de ella, se vuelve, le da la espalda. Aunque no sirve de nada, porque el dolor que desde hace unos días atenaza su espina dorsal y que viaja por su cabeza de lado a lado, cada vez se hace más agudo, y le obliga a girarse, y a exponerse a ella de nuevo.
Entonces Dani se incorpora bruscamente y sale de la cama. Se viste unos pantalones vaqueros, una camiseta, y baja a la calle. Anda apresuradamente en dirección a la estación de trenes. Allí espera unos minutos al único que le llevará hasta la ciudad. Cuando se acerca, le llama la atención un dibujo en el frontal de la máquina de cabeza. Nunca había visto un tren “tuneado”. De frente, bajo el cristal, lleva dibujados unos grandes labios, de rojo fuego, que se acercan por la vía y le dan al tren un aspecto humano. Como si en su marcha fuese besando al aire.
Es tarde. Dani sube a un vagón que está vacío. A pesar de ello se queda de pie, agarrado a una barra, cerca de la puerta, como si así fuese a llegar antes a su destino. Las lámparas del interior derrochan inútilmente electricidad, así como las de las calles vacías, y los oscuros descampados que pasan por detrás del cristal. La luna siempre está presente, el tren no logra dejarla atrás. Dani la mira de reojo, como a un enemigo al que ha retado, al que tarde o temprano tendrá que enfrentarse. Trata de evitarla mirando hacia otro lado.
Pero entonces, observa algo extraño. Hay un hombre huesudo por fuera del vagón, encaramado por detrás de los cristales, que se desliza desde el techo buscando apoyos en el exterior, como en el descenso de una escalada. No parece importarle la velocidad a la que viaja el tren, ni que éste atraviese puentes o túneles. Cuando logra deslizarse hasta la puerta, consigue accionar algo en el exterior para que ésta se abra. Entonces, un viejo Supermán, delgado como un alambre, se lanza al interior del vagón como en una película. Con la puerta abierta se hace más patente la velocidad del tren, y el vagón se inunda de un estruendo que no se apaga hasta que la puerta se cierra de nuevo. El hombre queda sentado en el rellano, tratando de normalizar la respiración, con gestos que recuerdan al yoga. Mira de soslayo a Dani en un intento de trasmitirle naturalidad. Cuando consigue un cierto equilibrio se dirige a él:
―No se preocupe hombre. Estoy ensayando.
―¿Ensayando?
―Trabajo en un circo y tengo que hacer un número. Es caro prepararlo. Aquí sólo con el billete del tren…
―Pero joder, es muy arriesgado.
―No tiene de qué preocuparse.
―¿Qué no me preocupe? ¿Cómo que no me preocupe? Hombre, usted debe de tener ya una edad. Ha podido matarse.
―No se preocupe, he hecho cosas peores. Empecé con diez años. Le podría contar mil historias.
Dani se queda observándolo. Mientras, el hombre le comienza a relatar otra hazaña aún más arriesgada, y aunque no se percata de ello, a Dani ya no le duele la espalda, ni la cabeza, y ha dejado percibir la amenaza de esa luna que le persigue. Pero todo se interrumpe cuando el tren llega a una parada y la puerta del vagón se abre. Dani dirige su mirada hacia el brillante reflejo de la luna sobre un banco del andén, que le devuelve a lo que le ha llevado hasta allí. Se despide del hombre. Éste no asimila el corte tan abrupto de la conversación y después de un titubeo sigue a Dani por los andenes, y también por las calles que llevan hasta el paseo marítimo.
Allí queda todavía gente, cenan en los veladores frente al mar. Los dos caminan entre las sillas de plástico, uno tras otro, separados sólo por unos metros. Desde los bares de copas suenan canciones que amortiguan el sonido de las olas. Salen de ellos jóvenes con bebidas hacia el bajo muro de piedra que delimita la playa. Sentados sobre él, se funden con la brisa húmeda. Hablan, ríen, sus risas huecas hacen sentirse a Dani aún más sólo. Pero encuentra un espacio entre dos grupos, y se sienta también, de espaldas a la luna. Al lado se sienta el hombre del tren. Los dos se quedan un rato sin hablar, tan solo observan a la gente que pasa por delante. Dani saca un paquete de cigarrillos y le ofrece al hombre. Éste lo rechaza.
El hombre huesudo se percata de que se acerca una mujer, con un carro de bebé. Lleva atados a él a dos perros. Se detiene para hablar con la gente, pide dinero. Tiene el pelo oscuro recogido, y un sucio vestido de color violeta. Parece mayor para llevar a un hijo suyo en el carro. El hombre del tren le hace gestos con la mano para que se acerque. “¡Auxi!, ¿quieres un cigarrito? Este señor te va a invitar a uno. Quédate aquí un rato”. La mujer se detiene junto a ellos. Los perros son viejos. Van atados con una cuerda de esparto a una traviesa oxidada del carro. Dentro de éste hay una colcha arrugada. Se produce un movimiento, como si algo se hubiese movido por debajo de ella. La mujer la aparta. Al hacerlo deja al descubierto a dos cachorros. Uno se revuelve y trata de taparse la cara con una pata. La mujer sigue con atención sus movimientos. Cuando se acercan al borde del carro se enfada, aunque con gran cuidado los empuja al centro. “Dile porqué llevas un carro sin niño Auxi, cuéntale a este señor tu historia”. Ella vuelve a tapar a los cachorros remetiendo la sábana. La mujer mira a los dos hombres, parece que va a contar algo, pero antes de hacerlo dirige su mirada al mar.
Dani siente el impulso de volverse también hacia el mar. Pero sabe que no debe hacerlo, sabe que una inmensa luna lo estará esperando, allá arriba, brillando en lo alto del cielo, unida a la tierra por su reflejo sobre el agua. Es una hechicera a la que no debe mirar a la cara. Pero se deja arrastrar y se vuelve, y la mira. Y debajo de ella descubre algo. Algo en la playa, en la orilla. ¡No puede ser!… Es una mujer sentada de espaldas a él, frente al mar y a la luna. El camino de luz que ésta dibuja sobre el agua, nace en el horizonte, y termina en ella, como si el astro la señalase. Sólo distingue su silueta, pero es ella… ¡Seguro que es ella! Las mismas proporciones, la misma quietud, el mismo brillo, el mismo pelo.
Dani salta del muro de piedra y se dirige a la orilla. Avanza despacio. Quiere darse tiempo para pensar en lo que le dirá, aunque no puede pensar en nada. Mientras sus pies se hunden en la arena, su cabeza regresa al recuerdo de las noches que compartió con esa mujer, frente a la luna que ambos adoraron, y que ahora les observa. Las noches sentados en el parque que dominaba la ciudad, o en la cima de la montaña que juntos escalaron, las madrugadas en aquella misma orilla, en aquella misma playa. Vuelve a sentir los rituales, los secretos, su risa, su mirada, sus labios de rojo fuego… ¡Que acierto haber venido! ¿Cómo podía haber dudado, de que la luna los uniría de nuevo?
Pero al llegar junto a ella, sus esperanzas se hunden también en la arena. Una chica desconocida se asusta al verlo. Es otra mirada, otra la sonrisa, incluso otro color de pelo.
Entonces Dani le da la espalda a la chica y a la luna. Vuelve por sus mismos pasos. El hombre huesudo y la mujer de los perros se han ido. Ya queda menos gente en el paseo marítimo, aunque se sigue escuchando la música. La agradable brisa que soplaba hace un rato se ha tornado más fría. Dani se vuelve a sentar en el muro de piedra. Enciende un cigarrillo. ¿Otro más? Está fumando demasiado. ¿Que habrá sido del hombre del tren? ¿Y de la mujer de los perros? ¡Vaya pareja! Quizás vuelva a verlos algún día, o quizás nunca los vuelva a ver. Observa cómo asciende el humo. Su vida se parece mucho a él. Está vacía. Sólo un espectro de imágenes difuminadas que se elevan, se distorsionan a medida que pasa el tiempo, desde que partieron del cigarrillo que las creó, que también dejará de existir.
Pero ahora Dani sabe perfectamente lo que hará. Se levantará del asiento y comenzará a caminar, despacio. Volverá a la estación por el camino más largo. Se dejará envolver por el aire húmedo y salado del paseo marítimo. Pasará justo al lado de las parejas que apuran su última copa, y de otras que apuran la noche fundidos en algún oscuro rincón, alejado de las farolas del paseo. La música se convertirá en un rumor lejano. Llegará a la estación justo a tiempo para el último tren, y entrará en los andenes con su último viaje del bono de diez. Se escucha a lo lejos un traqueteo sobre las vías. El tren ya se acerca. Una sombra con un foco en su centro aparece en la distancia. Por encima, una luna amenazadora, como un demonio de grande, que no le olvida. Igual que su dolor de cabeza, que regresa de nuevo. Mira al borde del andén. Sólo un par de metros le separan de él. Unos pasos y un pequeño salto. ¡Que distancia tan corta! El tren ya entra en la estación, la máquina de cabeza se acerca. Le besará con unos labios de rojo fuego.