Mientras John Miller lee el periódico dominical, su esposa Daisy ya ha terminado de vestirse. Pero todavía es temprano. Están citados con sus amigos, el matrimonio Murray, para salir a almorzar. Tienen reservada una mesa en Cooper’s Tavern, y más tarde tomarán un helado, dando un largo paseo por Central Park, como otras tardes de domingo. Esta mañana Daisy estrena zapatos violeta y vestido rojo, y John corbata negra. Siempre las suele llevar de ese color.
Queda más de una hora. La espera resulta larga. El apartamento que ocupan desde el traslado de John a Nueva York es pequeño, con lo que Daisy se ha quedado sin nada que hacer. Corrige la inclinación de un cuadro, hojea libros de la estantería, se asoma a la ventana para observar la calle, y, vencida por el tedio, se sienta junto al piano. Después apoya su brazo izquierdo en él, dejando su mano muerta, y con un dedo de la otra hunde levemente algunas teclas, sin que lleguen a producir ningún sonido. Mientras, su marido, recostado en el sillón, permanece inmerso en un mar de titulares y datos económicos, tras una cortina de papel. Un prolongado silencio entre dos páginas, propicia que los pensamientos de Daisy viajen a unos meses atrás, cuando el joven de la planta veinticuatro, que llevaba meses sonriéndole, le hizo llegar aquella nota. Luego vino aquel helado, después aquel almuerzo, y aquellos encuentros al salir de la oficina. La canción que tantas veces escucharon tomando café, cuyas notas ahora trata de recordar, va recorriendo su brazo, y, sin apenas percibirlo, llega hasta sus dedos. Cuando la triste melodía se encadena en el piano y los acordes inundan la habitación, el recuerdo se hace tan real, que Daisy siente que ha desnudado su secreto. Gira la cabeza para mirar a su marido, asustada. Él ya tiene sus ojos en ella, asustado también.
Este relato está basado en el cuadro de Edward Hopper: “Room in New York”. Para ver el cuadro pincha aquí: Edward Hopper