Dicen que cuando la Mora nació ya estaba loca. Pero no era realmente así, lo que ocurre es que casi nadie recordaba sus velos de seda, sus rasgos de princesa árabe y sus suaves curvas, cuando llegó al barrio, quince años atrás. Nunca había salido de Ceuta, hasta que un comerciante mucho mayor que ella la descubrió en un sucio hospicio junto a un mercado, donde limpiaba habitaciones. No necesitó mucho dinero para convencer a la familia de que tendría un futuro mejor en la península, en el barrio de La Esperanza, donde él residía. La Mora llegó como un injerto de palmera, dispuesta a ser plantada en un cuidado jardín de tierra fértil, rodeada de naranjos, limoneros, jazmines, y convencida de que jamás se movería de allí.
Al principio no se relacionaba demasiado con la gente del barrio por miedo a la desaprobación de su marido, al cual reverenciaba y nunca desobedecía, y al que aguardaba pacientemente en sus largos viajes. Pero de uno de ellos el comerciante no volvió. Un trozo de papel le contó a la Mora que se había quedado a vivir en otra ciudad, y que podía quedarse con la casa y con sus gastos. Como éstos últimos no los pudo afrontar, se quedó en la calle. Varias mujeres que tuvieron conocimiento de su situación le ofrecieron el billete de vuelta, pero para ella era una vergüenza volver a su tierra de ese modo. Así que se quedó para siempre en el barrio, como una palmera más.
Sobrevivía en un almacén del colegio, donde se amontonaban los trastos viejos. Varias de las mujeres del barrio consiguieron que la dejasen mantener un camastro y un baúl con sus pertenencias en aquel lugar. Con los años fue perdiendo peso, sus curvas se fueron alisando y bailaba entre sus hombros la ropa usada que la gente le daba. La ausencia de maquillaje y el pelo descuidado y recogido en un moño, hablaban de bastante más edad de la que realmente tenía. Aunque en ocasiones, todavía se podía distinguir en ella a la princesa árabe. Todos y cada uno de los días del año se la podía ver sentada en un banco de la plaza, siempre en el mismo, a la sombra de otra palmera.
Desde aquel lugar, fija, inmóvil, buscaba en las vidas de los demás la que ella no pudo tener. Seguía con la mirada al repartidor de pan, a las madres llevando a los niños al colegio, a los jóvenes del instituto que hacían un corro mientras comían un bocadillo. Pero eran pocos los que se detenían a hablar con ella, la mayoría pasaba por su lado con recelo. Incluso hay quienes mostraban su desaprobación a que pasara tanto tiempo en la plaza y ocupase allí un lugar. Este cúmulo de sentimientos fue poco a poco cambiando su forma de ser, y, a pesar de que algunas personas la apreciaban y la ayudaban a sobrevivir, fue sacando de su interior su lado más agrio y desagradable. Acercarse a la mujer que ocupaba siempre aquel banco de la plaza acabó considerándose un objetivo de alto riesgo. Al menor indicio de estar bromeando con ella, o sin que realmente fuera así, pero ella lo percibiese, la Mora sacudía a cualquiera a base de insultos, la mitad en cristiano y la otra mitad no. Algunos jóvenes tenían el acercamiento a la mujer como una prueba de valentía, como cuando se tienta a una vaquilla. Pero ella era todavía ágil, y con una vestimenta de varias tallas mayores que la suya, los corría a botellazos o con cualquier objeto que tuviese a mano.
Pero no estaba así la mayor parte del tiempo. Lo normal era verla con una mirada ausente, ajena a quien pasase por allí. Su banco era como su salón de estar, continuación de su dormitorio con cama de muelles oxidados en el almacén del colegio. En torno a la palmera fue creciendo un rosal trepador, lleno de espinas, y tan tupido que difícilmente se podía tocar su corteza. Para poder hacerlo había que escalar por ella muchos metros, con la certeza de que en el camino, no había más remedio que arañarse.
Eulalio y Faelito pasaban a diario muy cerca del banco que ocupaba la Mora. A veces la saludaban, o le decían algo, aunque la mujer rara vez respondía. Una vez Eulalio sacó de entre los cachivaches que transportaba una flor de plástico que había encontrado en un contenedor. A riesgo de ser insultado o golpeado se acercó a entregársela. Quedó perplejo, puesto que durante unos instantes la mujer sonrió y pareció abrirse un hueco en el rosal, donde pudo ver a la princesa árabe. Aunque aquel momento fue tan fugaz que, incluso días después, cuando Eulalio lo recordaba, dudaba de que se hubiese producido.
A partir de entonces, cada vez que recorría las calles buscando entre los desechos, Eulalio trataba de encontrar algo que le pudiese regalar a la Mora. Se hizo cotidiano llevarle cualquier cosa: un peine descolorido, un espejo rayado, un reloj con la aguja de los segundos rota, o cualquier detalle que le ofreciese la oportunidad de disfrutar de esa sonrisa tan efímera.
Unas semanas más tarde, Eulalio encontró en un contenedor un perro pequeño. Lo habría triturado el camión de la basura de no haberlo encontrado él. También se lo llevó a la Mora. Al principio se lo tomó como si no fuese con ella la cosa, como si se lo hubiese regalado a un niño autista. Eulalio lo dejó junto al banco y se marchó con el temor de que la mujer no lo aceptase y de que el cachorro volviese a quedar abandonado. Pero en unas horas regresó y no encontró en la plaza a ninguno de los dos. A partir de entonces, nunca se volvió a ver a la Mora sin la compañía de su Morito, como en el barrio lo bautizaron. Incluso dicen que dormía abrazada a él, como si fuese un peluche.
Eulalio comenzó a imaginar que algún día ella aceptaría acompañarlo a su mundo, en el parque, con sus pájaros, y a ver su casa en el árbol cuando la terminase. Hizo planes. Estaba acostumbrado a recoger las cosas que otros habían tirado a la basura, a limpiarlas y a repararlas, para que volviesen a dar lo mejor de sí.