El barrio de La Esperanza era uno de los más humildes de la ciudad. Dieciocho bloques de pisos, construidos con urgencia. Cuando se proyectó se contaba con que lo habitarían familias con pocos recursos. El ayuntamiento que tenía entonces la ciudad se tomó el proyecto como una oportunidad de promover la educación. Por ello, se preocupó de que, además de colegio e instituto, el barrio contara con un edificio de locales, donde reservó uno para asociación de vecinos, otro para actos culturales y otro para una biblioteca. Era tal la conciencia de dar educación a la gente en aquellos tiempos que hasta le pusieron a las calles nombres de libros. Se producían curiosas casualidades, como que la peluquería estuviese en la calle La metamorfosis, o el centro de salud en Crónica de una muerte anunciada.
El barrio tenía varios personajes que se habían hecho muy conocidos. Además de Eulalio y Faelito, que andaban siempre de un lado a otro trasportando cachivaches con sus carros, estaba la Mora, una indigente que pasaba todo el día sentada en un banco de la plaza, siempre en el mismo, como si al levantarse temiese perderlo. La única compañía que tenía era su perro, el Morito, como lo llamaban en el barrio. Se lo había regalado Eulalio tras rescatarlo de un contenedor.
Otro personaje muy popular era el Pena, que así lo llamaban porque se apellidaba así: Antonio Pena. Sin embargo, como por llevar la contraria a su apellido, a pesar de su viudedad era la persona más alegre del barrio. Su afilado bigotito, ya blanco, apuntaba hacia arriba movido por una eterna sonrisa. No era extraño verle andando solo por la calle, tocando las palmas y canturreando para él mismo. Cuando se cruzaba con alguien, por mucha prisa que llevase, siempre se detenía para hacerle algún comentario, contarle algún chiste o cantarle un trocito de canción. En las fiestas de verano, en la velada del barrio, el Pena era uno de los protagonistas de la noche. Se lucía cantando flamenco y contando historias. Andaba siempre detrás de la pescadera, una mujer de carnes rollizas, descarada y alegre. Ella llevaba por bandera su soltería y decía que no le hacía falta ningún hombre. Casi todas las mañanas el Pena iba a comprar al mercado y se detenía un rato en la pescadería. Ambos protagonizaban una divertida discusión por la que muchos alargaban la compra.
Mientras, a varias calles de allí, los niños y los jóvenes del barrio acudían al colegio y al instituto. Ambos estaban juntos y se situaban a las afueras, justo donde comenzaba el parque. La descuidada vegetación de éste los envolvía, y le daba, sobre todo al colegio, el aspecto de una gran casa de campo. Su tejado era de uralita roja, muy roja, con grietas que dejaban pasar el agua cuando llovía. Contrastaba con el verdor de los grandes árboles que tenía alrededor. Era tan frondosa la vegetación entorno al colegio, que la profesora de la asignatura de naturaleza no tenía que enseñar fotos de insectos a sus alumnos, porque se podían ver, de todas las especies, escalando las paredes o volando por la clase.
Tenía un patio grande, muy grande, donde vivían catorce árboles. Cuando sonaba la campana, como en todos los colegios del mundo, los niños salían en estampida a jugar al recreo. Ambos patios, los del colegio y el del instituto, estaban separados del parque tan solo por una simple valla metálica. Ésta siempre se encontraba poblada de agujeros, cada uno de ellos con la medida mínima de un chico haciendo un poco de contorsión. Los profesores los cerraban y remendaban con alambre, una y otra vez, en un utópico intento de evitar que los chavales pasasen la media hora del recreo cogiendo ranas en las charcas del parque, lagartijas en las palmeras, o jugando a ver quién era capaz de subir al árbol más alto. Entre los jóvenes era especialmente valorado el que fuese propietario de un reloj fiable que permitiese volver a tiempo para no ser castigado.
A Eulalio, que pasaba muchas horas en el parque acompañado únicamente por sus pájaros, no le molestaba esto. Lo que sí le desagradaba era la afición que tenían algunos muchachos por complicar la existencia de los animales. Especialmente la de poner trampas, que él, por detrás, iba desmontando o incluso recolocando de forma diferente a como habían sido preparadas, para que le diesen un susto a los cazadores.
Para los chicos y las chicas de mayor edad, los del instituto, Eulalio era un loco salvaje, lo que en su escala de valores no tenía por qué ser algo malo. Pero no tenían trato con él. Lo observaban de lejos, de reojo, con una disimulada curiosidad. Pasaban la tarde sentados en un corro en el césped, mientras reían, jugaban a las cartas y se pasaban una botella de cerveza o un cigarrillo.
Cuando se iban, una parejita de jóvenes permanecía un poco más tiempo que los demás. El Fiti y la Jessi. Para ellos el parque era casi el único refugio donde poder estar juntos con una cierta intimidad. Eran famosos por la intensidad de su noviazgo, que les llevaba a aparecer en los lugares más inverosímiles, enganchados en un beso eterno. Una vez, en el instituto, en una obra de teatro, el telón se abrió accidentalmente antes de tiempo, y tras él aparecieron los dos jóvenes fundidos en un amasijo de brazos que se revolvía compulsivamente. Lo mismo ocurrió otra vez en el cine de verano, cuando la pantalla de madera se desmoronó por un mal anclaje y los dejó al descubierto en un tejado que había tras ella.
Esta situación no agradaba a los padres de Jessi, que la perseguían por el barrio para que pasase más tiempo en casa y la presionaban para que dejase al muchacho. A veces, Eulalio los veía corriendo por el parque, sin soltarse de la mano, huyendo de los padres y escondiéndose en la maleza para arañar unos minutos al reloj. En muchas ocasiones Eulalio los ayudó sin que ellos lo supiesen, desorientando a los perseguidores con alguna pista falsa.
Pero tanta presión familiar dio sus frutos y acabó por romper la pareja. Resultaba extraño verlos por separado. Fue entonces cuando comenzaron a aparecer por todo el barrio corazones dibujados, con las palabras Jessi y Fiti dentro. Aparecieron en los bancos de la plaza, en las señales de tráfico, en la parada del autobús. Luego surgieron en la pared del instituto, en la de la farmacia, en la del banco, en la del supermercado y hasta en la de la iglesia. Una marea de corazones lo inundó todo. Unas semanas más tardes, cuando volvieron a estar juntos, a ella le provocaba un placer especial decirle a él, que había vuelto obligada, porque no soportaba la vergüenza de ver su nombre escrito por todas partes. Disfrutaba con su reacción.
En aquellos días, mientras Eulalio construía la casa en el árbol, podía divisar a la parejita junto al lago. Observaba cómo pasaban las horas paseando, tendidos al sol, o revolcándose sobre el césped. Él no había vivido nada como aquello, lo veía como algo distante. Eran como otra especie más de patos del parque, algo bonito, con sus caricias, sus cariños, sus futuras crías, pero para él, otra especie al fin y al cabo.