Notas de viajes – Tanzania – Las playas del paraíso

De día…

En las playas de Nuwi, las palmeras se inclinan sobre el mar como si pretendiesen tenderse en la arena blanca, que es tan clara, que se confunde con la primera espuma de las olas. El agua que linda con ellas parece querer contagiarse, y es casi transparente, de un azul muy claro, de cristal, aunque con algunos parches oscuros en las zonas más profundas. El navegar de los barquitos en aquel mar, transporta a tiempos pasados, cuando el tiempo transcurría más lento, como el tranquilo progreso de sus velas en la distancia. Si nos embarcásemos en alguno de ellos y nos alejásemos un poco de la costa, girando nuestra mirada hacia tierra veríamos una interminable franja blanca de arena, seguida por otra verde de vegetación tropical. Pero esta no sería totalmente continua. En algún punto la silueta se rompe con alguno de los complejos hoteleros. Éstos tratan de mimetizarse en el paisaje, pero en su interior la gente no lo hace. Toma el sol junto a piscinas con agua clorada, come pizzas en restaurantes y asiste a partidos de fútbol en grandes pantallas. Podríamos confundirlos con cualquier hotel del Caribe de no ser por los masáis. Dentro del complejo turístico puedes ver cruzarse por un pasillo a unos turistas nórdicos con sus toallas y en bañador, con un masái ataviado con su manto rojo, su vara de pastoreo y su espada a la cintura. Son jóvenes que han viajado hasta allí desde las llanuras del Serengueti atraídos por la oportunidad de trabajo. Su fama de guerreros les facilita que sean contratados como vigilantes o como guardas, y el que mantengan sus vestimentas y su tradición es un aliciente en un lugar tan turístico. Por las noches realizan actuaciones en los restaurantes y en las terrazas de los hoteles. Una docena de ellos se disponen en forma de arco frente al público, y practican sus danzas de saltos y sus cánticos, bajo la luna del trópico.

De noche…

Cuando el sol desaparece en el horizonte, entre el azul del mar y el azul del cielo, el agua se va impregnando de oscuridad, y las hogueras de los chiringuitos se adueñan de la arena blanca. Turistas y tanzanos se unen para bailar alrededor del fuego, y la música rivaliza con el rumor de las olas. Al principio de la noche suenan canciones de las que se escuchan por todo el planeta, en inglés o castellano, y los turistas son los que más se muestran en la zona de baile. Pero a medida que avanza la madrugada, la música africana va tomando la playa, y los jóvenes tanzanos reivindican el lugar. Hasta el más torpe de ellos tiene un sentido envidiable del ritmo y del movimiento. La noche se va acelerando y la fusión de estilos eleva el tono hasta una especie de trance. De un modo espontáneo se forma un círculo, y un chico africano sale al centro poseído por el espíritu del momento. Después de unos compases se sale, y tras él, otro continúa el baile. Algunos están tan ansiosos por exhibir su arte que se saltan las reglas y saltan en grupo al improvisado escenario. Se adaptan unos a otros fabricando una maravillosa coreografía. Las chicas son más tímidas y se mantienen al margen, pero cuando alguna es requerida para salir, su baile eclipsa a el de los chicos.