KARLA

―¡Patriiii! ¡Patri, por favor! ¡Que llegamos tarde! ―grita Mario, mientras golpea la puerta del cuarto de baño.

―¡Déjame que me peine tranquila! ―le responde Patricia al otro lado.

―¡Patri, por favor! ¡Nos estarán esperando! ―vuelve a gritar Mario. Su voz penetra débilmente en el cuarto de aseo, pero retumba en cada rincón del pequeño apartamento.

―¡Pues que nos esperen! Para cuando los esperamos nosotros.

―Pero mujer ―dice Mario, bajando el tono de voz―, es que llevas más de una hora dentro. Has estado toda la tarde sentada en el sofá, viendo la tele.

―¿Y qué? Además, seguro que estarán esperándonos en el bar ese, el que está junto al teatro. No se aburrirán.

―Pero, ¡Patrícia!… ―Mario se separa de la puerta―. ¡Lo estás haciendo por joder! ¡Sí, por joder! Como no vamos a hacer lo que tú querías…

―¡No!

―¡Sí! Todo lo haces porque no vamos a ver la película esa… “Desmadre en la universidad”.

―¡Que noooo! ―grita Patricia desde el interior―. Y además, el nombre de la película es “Desmadre americano en la universidad”.

―¿Lo ves? ¡Sabía que era es por eso! Todo porque vamos al teatro, en vez de ir a ver esa bazofia.

―¿Bazofia? ―desde fuera se escucha un ruido seco, como si a Patricia se le hubiese caído un cepillo en el lavabo― ¡Habrá que ver la obra de teatro! Seguro que será igual de aburrida que todas. Menos mal que me habéis prometido que luego iremos a bailar, que si no…

―¡Patri, por favor! ―Mario vuelve a golpear en la puerta―. ¡Patri, date pris..! ―pero el sonido de un secador de pelo ahoga cualquier intento de comunicación.

   Mario permanece unos segundos con el puño pegado a la puerta, y luego se separa de ella. Avanza por el pasillo, atraviesa la salita, entre el sofá y la mesita del televisor, y sale a la terraza. Ya se ha hecho de noche. Se escucha el zumbido de una máquina de refrigeración. No corre ni una ligera brisa de aire que haga bailar a los toldos de lona, ni en la calle a las hojas de los árboles. En el edificio de enfrente, algunas terrazas están abiertas, pero no hay nadie en ellas. La única señal de vida en el interior de los apartamentos, es si acaso el destello azulado de alguna pantalla de televisión, en un fondo de total oscuridad. De alguno de ellos parten las voces de una película, que se escuchan como un susurro. En la calle las farolas descubren a parejas que pasean, a un matrimonio con sus hijos. Casi todos parecen haberse puesto de acuerdo en caminar despacio tomando un helado. Cruzan de una acera a otra sin preocuparse de un tráfico que ya casi no existe a esa hora. Mario mira su reloj y enciende un cigarrillo. Apoya sus brazos contra la barandilla metálica. Luego busca con la mirada su coche, pequeño y rojo, al que trata de dejar aparcado siempre en esa calle, lo más cerca posible del apartamento. Desde que lo compró recientemente, siempre la misma rutina. Cuando sale a la terraza le dedica una mirada fugaz para comprobar que está ahí. Una farola cercana le permite distinguir vagamente el interior del coche. El salpicadero, el volante, su asiento, y junto a él, el asiento del acompañante. Su mirada queda fijada en ese asiento vacío.

*                            *                                  *

   Cuando le entregaron a Mario su coche, era todavía invierno. Lo recogió del concesionario por la tarde, y por la mañana temprano partió con él al trabajo, a la misma hora que todos los días. Todavía no había amanecido. Aspiraba el olor de la tapicería nueva y trataba de seguir el ritmo de la música sin separar sus manos del volante. El pequeño coche rojo se desenvolvía con agilidad entre los atascos y embotellamientos que le separaban de la oficina donde trabajaba. Siempre partía a la misma hora, a las ocho menos diez. Atravesaba su barrio y luego una gran avenida, que le llevaba desde el norte de la ciudad, a una zona de oficinas en el sur. En la avenida el tráfico se hacía mucho más denso, con una procesión de vehículos lenta y aburrida, e interminables esperas en los semáforos. Esa mañana, en una de esas esperas, el coche quedó junto a una parada de autobús. Había varias personas en ella. Juntos pero sin hablar, con miradas tan frías como la mañana. Apartada de ellos había una chica. Vestía unos pantalones ajustados y una cazadora de cuero. Casi todos miraban hacia donde el autobús debía de aparecer, pero ella lo hacía hacia el otro lado, con una de sus manos apoyada en un bolso, y la mirada perdida. Un soplo de aire ocultaba su cara tras su cabello oscuro. Fue entonces cuando el semáforo se puso en verde para Mario, pero no lo percibió hasta que el coche de atrás tocó el claxon.

   En las mañanas siguientes se volvió a repetir casi siempre lo mismo. Mario partía a las ocho menos diez. La temporización de los semáforos y la espesura del tráfico, provocaban que, sobre las ocho, coincidiese con la chica de la parada de autobús. Una mañana el coche se detuvo más cerca que nunca. Mientras que el semáforo cambiaba de color, Mario sacó su teléfono móvil y lo orientó hacia la parada. Tuvo pocos segundos para preparar un zoom y enfocarla. Ella parecía mirarle. Tocó la pantalla y se llevó el teléfono al oído, aunque no existía ninguna conversación. La luz del semáforo cambió a verde.

   Al llegar a la oficina, entró casi sin saludar. No tomó café. Se fue directamente a su mesa y pasó la foto al ordenador. La amplió para que ocupase toda la pantalla. Luego se quedó un largo rato observándola. Y aunque la calidad de la imagen no era buena, se distinguían bien sus rasgos. No se podía decir que estuviese mirando a la cámara, pero tampoco que no. Ella tenía un gesto serio, pero con una muesca que podría interpretarse como una leve sonrisa. Le recordó al cuadro de la Gioconda. Almacenó el archivo con su foto en una carpeta escondida, en los suburbios de su ordenador, que nombró como “Karla”.

   Otros días también intentó hacerle más fotos. Trataba de calcular los tiempos de los semáforos, según la densidad del tráfico. Intentaba detenerse lo más cerca posible, pero nunca mejoraba la primera fotografía que le hizo. Siempre aparecía alguien por medio, ella se giraba, o se le acababa el tiempo. Si se detenía más de la cuenta, se arriesgaba a que los coches de atrás protestasen y ella se percatase de que alguien la observaba. Luego, en la oficina, en algún descanso, o entre reunión y reunión, abría el archivo y le dedicaba unos segundos a observar a “Karla”. Mostraba especial cuidado en verla cuando no había nadie cerca. Sacó una copia en papel, que guardó en su cartera. A veces la sacaba cuando almorzaba en un parque cercano a la oficina, o mientras regresaba a casa. La colocaba en el salpicadero y la observaba en los tiempos muertos de los semáforos, mientras escuchaba música clásica.

   Pero una mañana Karla no estaba en la parada. Y a la siguiente tampoco. Y así durante una semana. Entonces decidió modificar su hora de partida. Por ello, en los siguientes días, procuró partir un poco más temprano de lo habitual. Al no obtener resultados, decidió salir cada mañana un poco más tarde. Tuvo que inventar excusas en su trabajo. Incluso a veces daba varias vueltas a la manzana, para pasar varias veces por la parada. Pero transcurrieron las semanas y Karla había desaparecido. En la oficina, su dedo estuvo a unos centímetros de borrar su foto en el ordenador.

   Unos meses después, al despertar por la mañana, Mario no se encontraba bien. Acudió al centro de salud de su barrio. Allí aguardó en la sala de espera hasta que le atendieron. “Todo se debe a que llevas varios días durmiendo mal. Descansa”, le dijo su médico. A pesar de ello no volvió a casa, se dirigió al trabajo. Ya eran casi las diez de la mañana, aunque casi parecía que continuaba la noche. El cielo estaba oscuro y llovía con fuerza. Los limpiaparabrisas del pequeño coche rojo se agitaban violentamente, no conseguían desalojar el agua del cristal delantero. A esa hora había poco tráfico, pero los coches circulaban a una velocidad mucho más lenta de lo habitual. Tuvo que detenerse en el semáforo que estaba junto a la parada de autobús, donde semanas atrás, veía a Karla a diario. El agua le hacía ver con dificultad el disco rojo. Giró su cabeza hacia la parada, y, a través del cristal mojado, la vio allí. ¡Era ella! Estaba sola. Tenía un paraguas que intentaba mantener desplegado, luchando contra el viento. Miró otra vez al disco rojo. Luego otra vez a ella. Accionó el mando de la ventana, le hizo un gesto con la mano, y, mientras ella se acercaba le abrió la puerta. El disco cambió a verde, e inmediatamente se escuchó el sonido de un claxon por detrás. Ella plegó el paraguas, agachó su cabeza y, casi de un salto, se sentó en el asiento del acompañante, junto a Mario.

―Perdona, he visto que te estabas mojando y no he podido evitar llamarte ―dijo Mario mientras arrancaba.

―¿Perdona?… Chico, si no fuese por ti me habría disuelto en agua ―ella bajó la mirada. Tenía los pantalones empapados―. Me temo que te voy a mojar el asiento. ¡Vaya! Y la alfombrilla con el paraguas.

―No te preocupes mujer, sólo es agua.

―Debí coger un taxi, pero cuando salí de casa no estaba lloviendo demasiado. Si quieres, déjame en algún lugar a cubierto y cojo uno.

―¿A dónde vas? ―preguntó Mario mientras miraba al frente. El tráfico era lento y la lluvia lo empeoraba.

―Trabajo en un centro de salud. El que está junto al hospital universitario.

―Sí, lo conozco. Yo trabajo cerca ―mintió―. Te puedo dejar allí.

―¡Vaya! Hoy es mi día de suerte. ¿Quieres un chicle? ―ella sacó un paquete de chicles de su bolso.

―No, gracias.

―Por la mañana me gusta empezar el día con un buen sabor de boca ―Mario sonrió―. Oye, ¿cómo te llamas?

―Mario ―dijo volviéndose hacia ella―. Me llamo Mario.

―Muchas gracias por recogerme, Mario, de verdad.

―Perdona, ¿y tú? ¿Cómo te llamas? ―le dijo él sin perder la vista del tráfico.

―¡Ay! ¡Perdona! Patricia, me llamo Patricia. Aunque me llaman Patri.

   El semblante de Mario se tornó serio. Justo entonces detuvo el coche en un semáforo, pero no dejaba de mirar hacia adelante, con la mirada perdida.

―¿Qué te pasa? ¿No me puedo llamar Patricia?

―No, mujer… quiero decir… claro que sí, es un nombre muy bonito ―dijo volviéndose de nuevo hacia ella.

―¿Te he recordado a alguien?

―¡No, qué va!… Bueno, sí ―Mario arrancó de nuevo.

―¿A otra Patricia?

―No, no se llama Patricia. Bueno ahora sí… Bueno, es un lío.

   Entonces Patricia abrió la cremallera de la cazadora y se metió la mano por debajo de la camiseta, como si tratase de sacar algo. Agachó la cabeza y miró hacia su ombligo. Mario trataba de mantener el rumbo del coche, mientras volvía la cabeza intermitentemente. La lluvia y el viento habían revuelto su pelo, y parte de él le cubría la cara, como en la primera foto que le hizo. Sus pantalones vaqueros estaban mojados, se ajustaban perfectamente a sus muslos. A pesar de la cazadora, el agua le había calado hasta la camiseta blanca, bajo la que ella buscaba algo.

―¿Qué te ocurre? ―le preguntó Mario.

―Trato de quitarme los auriculares. Meto los cables debajo de la ropa para estar más cómoda. Me gusta escuchar música mientras espero el autobús.

―Nunca los había visto,… quiero decir,…que los llevas muy bien escondidos, no se te ven.

―Sí, los llevo camuflados ―dijo ella mientras guardaba los cables en su bolso.

―¿Quieres que ponga música?

―Vale. La mañana está fea. No estaría mal alegrarla un poco. ¿Qué tienes?

―Antes de recogerte iba escuchando música clásica.

―Vaya, ¿No tienes algo más movidito?

   Mario se inclinó hacia la derecha y alargó la mano para abrir la guantera. Mientras lo hacía, no dejaba de mirar al frente, manteniendo el control de coche. Pero el vehículo que circulaba delante de ellos frenó, y él reaccionó haciendo lo mismo. El coche tardó menos de un segundo en detenerse, y se quedó a unos centímetros de un golpe. Entonces Mario y Patricia se miraron. Coincidieron en un suspiro. Tras ello Mario trató de volver a la normalidad.

―Bueno. No ha pasado nada. Busca ahí abajo, tengo algo de música.

―Vale, tú conduce tranquilo, que yo buscaré por aquí, a ver que se puede hacer ―dijo ella mientras abría la guantera.

*                                  *                                  *

   Patricia no ha salido aún del cuarto de baño. Mario mira su reloj. Sus amigos seguirán esperando cerca del teatro. Sigue apoyado en la barandilla de la terraza, mientras apura las últimas caladas de un tercer cigarrillo. Las máquinas de refrigeración persisten en sus zumbidos. Aún se escucha el eco de voces que parten de televisores. Ya no presta atención al brillo rojo de su coche bajo la luz de la farola. Sólo fuma y vuelve a mirar su reloj, una y otra vez. Por la calle cada vez pasa menos gente. Pero de pronto, siente una punzada fría en su piel, en su brazo derecho. Se vuelve bruscamente. Tras él hay una copa de cristal, con un líquido oscuro entre cubitos de hielo. Patricia lo sostiene en su mano, ofreciéndoselo con una mirada amable.

―¡Patri! ¡Por favor! ¡Sabes que llegamos tarde! ―dice Mario enfadado.

―Toma esto y relájate. Es para compensarte la espera ―le dice ella en un susurro. Tiene el pelo húmedo. Ha elegido un vestido negro, ligero y ajustado. Unos débiles lazos lo ciñen a su torso. Le acerca aún más la copa. Él no mueve ni un músculo para cogerla.

―Tenemos que irnos. Nos van a matar. En diez minutos empieza la función.

―Mándales un mensaje. Diles que no vamos.

―¿Cómo que no vamos? ¿Tú estás loca? ―Mario se enfada aún más.

―Invéntate algo. Tú tienes mucha imaginación –tras decir esto Patricia le da un pequeño sorbo a la copa.

―Pero, ¿qué te pasa? ¿Ya no te apetece salir? ―dice Mario rebajando el tono del enfado.

―No. Prefiero que nos quedemos aquí, los dos juntos.

―¿Y las entradas? ¿Qué hacemos con las entradas?

―Las tienen ellos, ¿no? Pues nada, diles que las vendan ―Patricia vuelve a dar otro sorbo.

―Pero, si sólo quedan diez minutos. Esto es increíble. ¿Qué te pasa?

―Nada ―ella baja la mirada, y luego la sube despacio―. Llevas mucho rato aquí… sólo. ¿En qué estabas pensado?… Seguro que estabas pensando otra vez en esa cursi de Karla.

―No, no, de verdad que no… ―Mario se vuelve hacia la calle y pone sus manos en la barandilla.

―No te entiendo Mario. Karla soy yo. Estoy aquí. Soy de carne y hueso ―ella da un paso y se pega a la barandilla, para estar junto a él.

―No debería de haberte contado nada ―dice Mario volviendo su cabeza hacia ella―. Todo esto es una tontería. Deberías de olvidarlo.

   Mario le da la última calada a su cigarrillo y alarga la mano para apagarlo sobre un pretil de la terraza, mientras expulsa la última bocanada de humo.

―Y otra cosa ―continúa Mario―. He descubierto que me falta una foto en la cartera.

―¿Y para que la quieres? ―dice Patricia―. Es una foto mal hecha y fea. Ahora puedes hacerme todas las que quieras.

―No es lo mismo. Es un recuerdo.

―Bueno. Te la devolveré ―le dice ella en tono conciliador, y vuelve a levantar ligeramente su brazo para ofrecerle la copa―. Pero ten en cuenta siempre una cosa Mario…

―¿El qué? ―la interrumpe.

―Nunca podrás hacer con ella lo vas a hacer conmigo esta noche.

   Entonces Mario baja la mirada, apoya sus manos en la barandilla, y se vuelve de nuevo hacia la calle. Ya no pasea nadie por ella. La primera brisa de la noche los rodea a los dos. Es insuficiente para mover las hojas de los árboles, o para ahogar el zumbido de las máquinas de refrigeración, pero supone una promesa de que la noche no será demasiado calurosa. En algunas ventanas, televisores luchan con destellos azulados, contra la oscuridad del interior.