Aquella tarde de abril, el aroma de los naranjos se podía masticar en el aire. Un joven recogió unas flores de azahar en un parterre de la calle Roelas, y con ellas atravesó Hombre de Piedra y continuó por Santa Clara. En su caminar no escuchó el ofrecimiento del aguador, ni reparó en el conocido que le saludó levantando el sombrero, ni tan siquiera, raro en él, prestó atención a las jóvenes lavanderas, que reían y chismorreaban a su paso. Incluso estuvo cerca de ser arrollado por un carruaje en la plaza de San Lorenzo.
Al llegar allí se sentó en un banco, frente a la luminosa fachada de cal, donde habitaba la joven que le quitaba el sueño. Deseaba que ella advirtiese su presencia, desde su balcón, y que bajase a la plaza, y se sentase a su lado, como tantas tardes. Volverían a hablar de sus ilusiones, a contar historias, a leer poesías, y sus ojos y ocurrencias le sugerirían que olvidase sus palabras del día anterior, que nada entre ellos había cambiado. Volvería a ser todo como antes.
Pero el campanario de la iglesia fue un notario implacable del pasar de las horas, y, su esperanza, como la tarde se apagó. Observó por última vez la casa. Unos nidos de golondrinas colgaban de su balcón. Sacó de su bolsillo una hoja plegada, escribió algo en ella, y bajo la débil llama de un farol, con la noche se marchó.