Si vas sólo por Venecia parece que estás haciendo algo malo. Tanta pareja, tantos novios haciéndose fotos… Los ves por todas partes. Ya sea en la monumental plaza de San Marcos, con la misión imposible de conseguir que no salga algún turista por detrás, o en algún puente sobre un canal, buscando el mejor retrato con un pose acaramelado. Mientras esto ocurre, por abajo, por el agua, casi seguro que se desliza alguna barca que conduce a otra pareja sonriente, a la que el mismo gondolero tratará de encuadrar en una cámara, a pesar de los vaivenes de la embarcación.
En Venecia, si estás solo pareces un espía, un intruso. Seguramente sea tu sensación al ver tanta pareja y tanta parafernalia montada en torno a ellas. Por las siempre abarrotadas calles alguna vez te cruzas con algún solitario o alguna solitaria como tú. Pero si te fijas, en seguida les vez algún rasgo que los distingue como uno de los habitantes de aquella ciudad: una bolsa de la compra, un perrito que sacan a pasear… aunque aun así me solidarizo con ellos. Me uno a una especie de pensamiento colectivo que por sus formas de mirar me imagino que tendrán. “A ver si llueve y los turistas se tienen que quedar en sus hoteles”, u, “ojalá suspendan todos los vuelos durante un mes y nos dejen tranquilos”.
Una tarde busqué un lugar donde tomar algo. Había un pequeño restaurante junto a un canal, pero sólo había mesas con una velita y dos sillas, una enfrente de otra. Parecería que estuviese almorzando con mi fantasma. Entonces decidí comprar algo y comérmelo en la calle. Había plazas con fuentes donde algunos turistas se refrescaban y descansaban probando algún bocado, pero tenía la sensación de que me estaban observando y preferí tomármelo en las escaleras de uno de los puentes que cruzaban un canal. Cambié las miradas fijas de la plaza por las de los transeúntes, estas al menos eran más fugaces. Luego visité varias tiendas para comprar algún recuerdo de mi estancia, pero, de vez en cuando, algún cliente me detenía para preguntarme por el precio de algún artículo, cómo si yo trabajase en ese lugar. Se ve que les encajaba más eso que el que estuviese solo.
Al final de la tarde, atravesé la Plaza de San Marcos, dejé a un lado el Palacio Ducal y me acerqué a un muelle. El suave oleaje trataba de competir con la una puesta de sol perfecta. La gente disfrutaba de una vista preciosa del Gran Canal de Venecia, con los barquitos surcándolo y con la basílica de San Giorgio al fondo. En la orilla había uno de esos corazones que se han puesto de moda en muchos sitios, de esos en los que solo se ve una silueta roja, huecos por dentro, para que la gente se fotografíe sin que se tape el paisaje que hay detrás. Estaba muy cerca del agua, lo que anulaba la posibilidad de que saliese nadie por detrás estropeando la foto. Una pareja ocupaba en aquel momento el preciado corazón y trataba de auto fotografiarse con una vista idílica tras ellos. Como las parejas del entorno estaban muy ocupadas con sus risas, sus abrazos, sus selfis, y a mí me vieron solo, el chico de la pareja del corazón se me acercó y me dio un teléfono ya en modo cámara. Me pidió que los retratase. Yo traté de hacerlo lo mejor que pude. Les hice varias fotos, en vertical de cuerpo entero, en horizontal abarcado más paisaje, desde varios ángulos… tan contentos aparentaron quedar que, a continuación, cuando ellos dejaron libre el corazón, la siguiente pareja, que había esperado pacientemente que los otros finalizasen su sesión de fotos, me pidieron que también los retratase a ellos. Luego llegó otra pareja, y después otra… Al cabo de un rato tuve la extraña sensación de que los turistas creían que yo estaba allí para eso.
