Ocurrió tan rápido que no dio tiempo de apuntar con las cámaras. Nuestro coche avanzaba lentamente, como en la atracción de un parque temático. Y mientras a la derecha del camino esperábamos ser testigos de los juegos de una camada de leones, por la izquierda, a unas pocas docenas de metros, una leona salió de entre la vegetación, en una corta y frenética carrera tras un animal grande y oscuro. En la mitad de contar hasta cinco la leona lo alcanzó y los dos desaparecieron tras un muro de pastos. A esto siguieron unos instantes de calma. Nadie respiraba dentro del todo terreno. Hasta que el animal oscuro apareció de nuevo, resucitado, irguiendo su imponente figura entre el mar de hierba seca. “¡Mirad! ¡Mirad! ¡Ahí está!” Era un enorme búfalo. Se levantó sólo, sin la leona. Reapareció caminando lento, como triunfante. Pero su andar sólo duró dos pasos. Desde abajo una fuerza colosal lo reclamó. Tras unos segundos de forcejeo volvió a desaparecer en la vegetación, como si definitivamente se lo hubiesen tragado desde el suelo.
Mientras esto se producía, un pequeño grupo de antílopes se habían acercado a tan solo unos metros del lugar. Se encontraban muy cerca. Sus delgadas figuras coronadas por sus oscuros cuernos eran testigos de la agonía del búfalo en un vano intento de liberarse de la leona. Hacían tímidos gestos de querer acercarse y movían nerviosamente las orejas. Permanecían expectantes, sin quitar ojo, aparentemente sin inquietarle la presencia de la depredadora. Pero un antiguo instinto no les permitía traspasar una línea imaginaria en el suelo. Asistieron impotentes a los últimos movimientos del búfalo, incluso a los que hacía por inercia, volcado y con sus cuatro patas hacia arriba, mientras era arrastrado por la leona para asegurar su caza. Cuando todo terminó, más leones se acercaron al cadáver para compartir la comida, pero su tensa presencia no pareció afectar a los antílopes. No retrasaron ni un metro sus posiciones, en la confianza de que la inerte masa de carne sería suficiente para saciar a las bestias. Ya nada se podía hacer. Los animales permanecieron un largo rato inmóviles, contemplando la escena.
