Si nos pidiesen que imaginásemos un refugio de guerra, quizás se nos vendrían a la cabeza las imágenes de la segunda guerra mundial, con la gente corriendo para ponerse a salvo de los bombardeos, en Londres, Berlín, o en muchas ciudades de Europa que sufrieron estos ataques. O quizás esos refugios preparados para protegerse de una guerra nuclear, que se ven por Estados Unidos. Pero lugares para refugiarse de los enemigos bajo tierra ya existían en Tanzania, trescientos años antes.

                Hace más de tres siglos, varias tribus de la etnia Chagga se establecieron en las faldas del Kilimanjaro. Habían emigrado desde tierras más al norte hasta aquel lugar montañoso, que por aquel entonces se encontraba poco poblado. Eran hábiles agricultores, y no tardaron en sacar partido a las tierras altas que circundan la montaña. Una combinación de clima tropical y fertilidad adecuada del terreno, unido a sus conocimientos de regadío y fertilización, hicieron progresar a sus cultivos de bananas. No sólo lograron subsistir, sino que consiguieron producir excedentes, y así obtener otros cultivos y animales. Pero su bonanza no pasó desapercibida por sus vecinos, en especial los Masai, que eran nómadas que llevaban sus ganados a través de las llanuras que rodeaban la montaña. Dicen que una época de sequía los llevó a conducir a sus animales a pastar en tierras más altas de lo habitual y así chocaron con los Chagga. Los Masai comenzaron a atacarlos para quitarles el ganado. Se basaban en su antigua creencia de que su dios había creado la agricultura para unos, la pesca para otros, y la ganadería para ellos. Por lo tanto, quienes poseían animales era porque previamente se los habían robado. Desde entonces los fieros ataques de los temidos guerreros Masai se produjeron regularmente. Arrasaban los poblados de los Chagga y se llevaban lo que podían, incluso mujeres y niños para venderlos como esclavos. Sus habitantes se salvaban sólo si lograban huir a la montaña. Tras esto los Masai se retiraban a sus tierras bajas, puesto que aquel lugar no era de su agrado, hasta que decidiesen volver otra vez.

                ¿Cómo podían defenderse de esto los Chagga? Ante este comportamiento y la tesitura de dejar aquellas tierras y volver a emigrar, idearon una táctica: ¿por qué no construir refugios bajo tierra? Si conseguían excavar túneles en las cercanías de los poblados podrían refugiarse durante el ataque de los Masai, salvando sus vidas, sus pertenencias e incluso su ganado, y así no tendrían que emigrar de nuevo. Aquella labor requeriría tiempo y mermaría sus esfuerzos por hacer florecer sus cultivos, pero decidieron construirlos. Cada poblado comenzó a excavar su túnel, que normalmente se iniciaba cerca de un río. Sacaban la tierra excavada, que en aquella zona era bastante arenosa, y la lanzaban a la corriente de agua. Así ésta se la llevaba y se eliminaban las pistas de cualquier construcción. Luego continuaban excavando el túnel hasta el poblado, donde se ubicaba la entrada. El túnel se realizaba a tres metros de profundidad y podía alcanzar más de tres kilómetros de longitud. En verdad no era sólo uno, sino varios ramales, lo que le daba una forma de laberinto. Entremedio se construían estancias de unos tres metros de ancho. Cada familia Chagga tenía una. En algunos túneles se hicieron más de sesenta. A estas estancias familiares había que sumarle otras que utilizaban como almacén o como cocina. También estaban las del ganado, no mucho más grandes, aunque estas tenían una pequeña salida de aire al exterior para procurar la ventilación.

                Todo estaba preparado para un ataque. Cuando este se producía, sólo quedaba tener la suerte de no ser descubiertos y esperar pacientemente. En la entrada, en unas estancias especiales, hombres armados vigilaban para tratar de expulsar a los posibles atacantes si lograban encontrar la cueva. O de contenerlos el mayor tiempo posible y así dar tiempo a los demás para huir por otra salida. La espera podía durar meses. El olor a humedad, a los animales, y a todos los habitantes del poblado, debía de ser abrumador. La oscuridad imponía un estado de noche continuo, aunque a través de los pequeños agujeros de los respiraderos sabían cuando era de día y cuando de noche, y con ello la hora de irse a dormir.

               En la estancia de cada familia, protegiendo la entrada, se encontraba la cama del hombre, fabricada con maderos y pieles. Dormía junto a sus armas, siempre preparado. Cuando se hacía de noche, la actividad dentro de la cueva se paralizaba. Los hijos se acostaban y cerraban sus ojos en otra cama al fondo de la estancia. Entonces la mujer se acercaba sigilosamente a la del marido, con cuidado de no despertar a los críos, y con una rama daba unos golpes en la madera. Un toquecito o dos. Dependiendo de ese número comunicaba al hombre su elección para esa noche, dormir con su marido, o con sus hijos.