La mañana en aquella pequeña ciudad costera me había parecido tranquila y cotidiana, pero por la tarde todo cambió. Al salir de nuestro hospedaje se percibía un aumento de la gente que la transitaba por las calles, de las bicicletas, de las motos, de los vehículos. No es que otras tardes estuviesen vacías, al contrario, siempre daba la sensación de que la gente vivía en la calle, pero aquella tarde era aún más. Lo que había comenzado como un paseo por la ciudad con mis compañeros de viaje se había convertido en un: “¿qué pasa hoy aquí? ¿A dónde va toda esta gente?”. Y esta sensación se incrementaba al dirigirnos al centro de la población. Aumentaba el número de personas que caminaban a cada lado de los caminos, en pequeños grupos, aumentaba la cantidad de gente que se apostaba en las puertas de sus casas, haciendo cualquier cosa, tomando un té, jugando a algún juego de mesa, asistiendo al pasar de los demás como si de un evento se tratase. Y esto se fue constatando con las vestimentas de las mujeres. Sus vestidos eran más cuidados de lo habitual. La mayoría seguía llevando su indumentaria árabe, cubriendo su pelo, pero los colores eran más vivos, más atrevidos. Algunas lucían bellos estampados de flores, otras, lisos vestidos de terciopelo. Normalmente caminaban en grupos, rodeadas de niños. Hijos de las más mayores o hermanos de las más jóvenes. También se veían a grupos de chicos. No se destacaban tanto como las mujeres, pero se habían esforzado por vestir mejor que lo habitual. Se los veía en furgonetas abarrotadas, o en sus motos-taxi. Competíamos por encontrar la motocicleta con más pasajeros. Muchas transportaban hasta tres, pero pasó una de cuatro y al poco vimos otra con cinco. Una compañera de viaje se detuvo en una tienda a comprar agua. “Hoy es la fiesta del cordero”, nos dijeron. Y continuamos caminando por la calle en la misma dirección en la que iba la mayoría de la gente. Porque casi todos, aunque de un modo tranquilo, desenfadado, andando, en moto, en bicicleta, en autobús, todo el que no estaba en la puerta de su casa o vendiendo algo, iba en la misma dirección, y nos habíamos unido a esa marea, como una gota de agua más. Y como río que éramos, lo lógico es que fuésemos a desembocar al mar, y así fue. Llegamos a una playa donde varias embarcaciones de madera estaban varadas en la arena, aunque apenas se podían ver sus quillas, e incluso casi ni la arena, de la multitud de gente que la ocupaba. Grupos de mujeres paseaban luciendo preciosos vestidos. Unas cubrían sus cabezas, otras dejaban admirar cuidados peinados. En algunos lugares los grupos de mujeres se fundían con los de los hombres, a la orilla del mar, o frente a algún kiosco, comprando alguna banana o algún helado, disfrutando de alguna bebida. El murmullo general apagaba al de las olas, pero por encima de todo se escuchaban canciones. Me dio por pensar: “Aquí la gente tiene que venir con algún propósito. ¿Habrá algún concierto? ¿Alguna actuación?”. Y con esa intención le pregunté a una chica muy joven que tenía cerca, una niña. Fue a ella y no a alguna de las mujeres de más edad que tenía alrededor, porque tenía comprobado que era más probable que alguien joven me entendiese en inglés. Pero la chica era muy tímida, y mientras me respondía, una de las mujeres se acercó a nosotros. No hizo falta ningún idioma, con un gesto me dio a entender que era su madre, y con otro que me quería como la pareja de su hija.