Cuenta la leyenda que hace muchos años, un pastor de cabras de una región montañosa de la actual Etiopía llamado Kaldi, observó que sus animales se comportaban de una manera extraña tras comer unas bayas de color rojo. Saltaban y brincaban. El las probó y notó también sus efectos estimulantes. Más tarde llevó unos granos a un monasterio cercano, donde desaprobaron su uso. Pero los tiraron al fuego y al tostarse desprendieron tal aroma que los presentes probaron a tomarlos como una infusión, y así nació el café.
En Tanzania hay una etnia llamada Chagga, cuyos ancestros provienen de zonas cercanas a donde se cuenta esa leyenda, y que cultivan la planta del café en las faldas del Kilimanjaro. Estos terrenos son ideales para la planta, parecidos a donde vivía Kaldi. Lugares tropicales de montaña, con la humedad y sol necesarios para que la pequeña planta crezca sana y fuerte y su fruto rojo se desarrolle. Es ahí cuando los Chagga la recolectan y la llevan hasta su poblado. Luego extienden los granos es unas grandes telas expuestas al sol, para que se sequen, y así las dejan varias semanas. Podría parecer que ya tenemos el grano del café, pero no es así, tiene una cáscara. Para eliminarla los Chagga echan los granos en unas grandes bandejas de mimbre donde los zarandean. Pero para que el proceso no resulte aburrido la persona que zarandea la bandeja lo hace bailando, mueve su cuerpo al ritmo de una canción que los demás cantan mientras lo acompañan con las palmas. El baile transmite energía al que porta la bandeja, que obviamente no puede tocar las palmas. La persona de la bandeja mueve todo el cuerpo, y el zarandeo va al compás de la música. Un estribillo de la canción se repite machaconamente y proporciona un ritmo que ayuda al trabajador a mantener una cadencia. El choque de unos granos con otros provoca que las cáscaras se rompan y se desprenda el fruto. Cada cierto tiempo se lanza todo hacia arriba para que el aire se lleve las cáscaras, volviendo a la bandeja solo los granos.
El siguiente paso para obtener café tal y como lo conocemos sería tostarlo. Para ello los Chagga introducen el fruto rojo en una cacerola metálica y la ponen al fuego. Pero para que los granos se tuesten por igual deben de ser removidos con una alargada cuchara de madera. De la continuidad del movimiento circular dependerá la uniformidad del tostado del grano, por eso los Chagga vuelven a hacer este proceso también cantando y bailando. Tanto el baile como la canción son diferentes al proceso anterior. El que remueve los granos mueve la cadera desde una posición flexionada, desde donde transmite el movimiento a todo el cuerpo, sobre todo los brazos y el tronco, lo que le da inercia para mover el brazo que gira. Los pies se mueven poco. Los acompañantes como están más libres hacen un movimiento más exagerado y tocan las palmas con el estribillo. La canción sigue siendo muy rítmica, pero parece más lenta, menos enérgica, como una plegaria o un rezo. El fuego y el olor que despende el café tostándose crean un ambiente muy espiritual, y en menos de media hora el café está tostado.
Entonces, los granos ya oscuros se transfieren a un recipiente de gruesas paredes de madera que soporta los envites de un mazo alargado, casi tan alto como ellos, que levantan en el aire y lanzan contra el fondo del cuenco para machacar el contenido. Esto por supuesto lo hacen con otro baile y otra canción. En este caso la persona que machaca se mueve bastante más, porque baila alrededor del cazo describiendo un círculo. Para más comodidad lanza el mazo de forma lateral, casi sin mirar el recipiente. Los pies y los brazos se mueven al ritmo de la canción, que en este caso es más energética, como corresponde a esta fase del proceso. Parece como si estuviese en trance. Mientras, los acompañantes tocan las palmas y cantan. Unos la letra principal y otros una frase corta que se repite machaconamente. También bailan con energía, como preparándose para sustituir al trabajador cuando este dé muestras de cansancio.