El viaje entre Varsovia y Berlín es una interminable llanura sin fin ni principio, ni una sola elevación, ni una triste montaña. Una interminable sucesión de cultivos, bosques, cultivos y más bosques, de un verde intenso, como si cada planta reivindicase su derecho a existir.

De vez en cuando, alguna granja o alguna casa aislada, sin muros ni vallas, y alguien paseando  por algún camino, con tal tranquilidad, que dan ganas de pedir que paren el tren para bajar allí.