En el centro de la ciudad antigua de Cracovia, en la plaza del mercado, una larga fila de coches de caballos aguardan a los turistas. Aquí las carrozas son de un color blanco intenso. Blanco es el cuerpo de la carroza, blancas son las ruedas, blancos son los ejes, las lámparas, la capota, los asientos, el acolchado interior; de tal forma que, una novia vestida de blanco apenas se advertiría en su interior. Las carrozas son conducidas en su mayoría por chicas jóvenes. Van vestidas de negro, con un sombrero negro y una cinta blanca rodeándolo. El negro realmente las realza y las favorece. Hoy he visto a una de esas chicas conduciendo una carroza por una de las calles de la ciudad antigua. Iba mirando la pantalla de su teléfono móvil. Era muy guapa, rubia, y con el pelo cortado a la altura de sus hombros. Su anorak rojo rompía la estética de la carroza. Estaba atardeciendo y aunque es verano hacía algo de fresco, y más en su puesto, arriba en el asiento del pescante. Dentro de la carroza, en los asientos interiores, los clientes le daban la espalda; una pareja de jóvenes que iban abrazados, riendo y disfrutando del paseo por la ciudad medieval. Ajena a ellos, la chica conductora tenía su atención en la pantalla de su móvil, con los brazos relajados y los tirantes de los caballos colgando, como si la carroza fuese dirigida por un piloto automático. Pasó por delante de mí a una velocidad apreciable, con la mirada fija en la pantalla del teléfono, sonriendo, ajena a la carroza, a los enamorados, al tráfico,… y así continuó calle abajo.