Chiclayo, norte de Perú, viernes 26 de agosto de 2011.
No sé si algún día podré traducir estas notas, me está saliendo letra de médico. Como cada mañana, a los voluntarios nos traen en una caravana de coches, que al entrar en el barrio donde se encuentra nuestro colegio botan ante la ausencia de asfalto. Estos baches deben de convertirse en verdaderos lagos cuando llueve. Muchas de las casas de este barrio no tienen revestimiento, las paredes muestran el ladrillo desnudo y los tejados están construidos con chapas y unas piedras por encima para sujetarlas. Las mejores tienen un techo de hormigón, con gravillas que sobresalen apuntando hacia arriba, esperanzadas en un futuro más próspero en el que puedan ser ampliadas con una segunda planta. Señalan a un cielo gris claro, por el que planean despacio unos grandes pájaros negros, que aquí llaman gallinazos. Pasamos por una plaza donde se amontonan unas bolsas con basura desperdigada, junto a las que se les puede ver de cerca, a ras de suelo. Han bajado a picotear entre los desperdicios. Tienen el cuerpo de un cuervo grande y la cabeza de un buitre. Uno de ellos se afana con el cadáver de un gato. Un perro muy grande y pesado se acerca al montón de desechos para sumarse al almuerzo, pero los pájaros negros lo intimidan. Lo hacen retroceder y alejarse, como en la escena de un documental.
Mientras, la gente pasa cerca. Madres con sus hijos, una mujer con una bolsa a su espalda, o un hombre que empuja un carrito con materiales reciclados, puede que para vender en algún mercadillo. Varios niños juegan al fútbol en una explanada cercana. Algunos se dirigen ya al colegio. Van en grupo, con sus hermanos, sus primos o sus vecinos. Todos a pie. Algunos vienen desde lejos. Uno de los primeros días que estuve aquí me contó uno de ellos que la madre le compró una vieja bicicleta para él y para el hermano. Tenían que venir al colegio los dos montados en ella, como podían. Pero un día por el camino se la robaron. Eso mismo les ha ocurrido tres veces. Con orgullo me decía que nada le desanimará, que seguirá acudiendo a clase. Cuando pasamos cerca los chicos nos saludan con la mano. Llevan el uniforme, pero algunos van algo descuidados. Las manchas oscuras en las camisas claras contrastan sus sonrisas blancas. Aquí fuera del colegio parecen un poco más serios, pero luego dentro todos sonríen y siempre están predispuestos al juego. Hay algunos a los que cuesta divertirlos. Son chicos y chicas que en principio se muestran extremadamente serios. Te miran desconfiados, como gatos ariscos. A veces trato de hacerles alguna gracia, para que sonrían, pero de ese modo casi nunca lo consigo. Sin embargo, luego, sin querer, me sale algo espontáneo que les hace reír. Sus risas valen un cielo.
Cuando los voluntarios vamos por las aulas, al principio todos están muy callados y hay que romper el hielo. Luego los chicos van participando cada vez más y más, y terminan por mostrarnos toda su curiosidad. Les interesa saber en qué trabajamos, cómo vivimos, qué comemos, qué cosas buenas hay en nuestros países y en nuestras ciudades. Hablan también mucho de su comida. Les encanta hablar de platos de comida, se les pone cara de ilusión. Están muy orgullosos de la cocina de su país. Te preguntan: “¿has probado el ceviche? ¿Te gustó? ¿Te gusta la papa a la huancaína? ¿Has probado el cuy?,…” A los chavales también les gusta hablar sobre fútbol, sobre el Madrid, sobre el Barcelona, sobre Cristiano Ronaldo, sobre Messi, sobre la selección española, a la que han seguido en el último mundial. A las chicas les interesan los cantantes, los actores y las actrices, si tenemos pareja los voluntarios y las voluntarias, o hijos… Otra cosa que les encanta es el baile. No sólo el moderno, sino también el tradicional. Algunos son muy antiguos, vienen de la época de los Incas, de regiones que quedan muy lejos de aquí. Son lugares míticos de los que hablan con entusiasmo. El otro día se empeñaron en enseñarnos un baile, y confieso que cuando aprendí a dar unos pasos y logré moverme al ritmo de la música junto a ellos, me sentí parte de este lugar.
Me alegra acordarme de esto, ahora que los veo serios, caminando despacio por las calles de piedras y polvo hacia su colegio. Algunos están demasiado delgados. Una profesora me comentó que como no tienen buena alimentación, los profesores no les pueden exigir mucho. Tienen que dosificarles la intensidad de las clases, para que no dejen de atender. Hay que tener en cuenta que muchos de ellos realizan algún trabajo en sus horas fuera del colegio. Durante la última semana los he visto trabajando en el mercado, en los cultivos de caña, recogiendo bolsas de plásticos, chatarra, o donde fabrican los ladrillos de adobe. He visto incluso a donde tienen que introducirse para recoger los ladrillos del horno, después de cocerse con la combustión de ruedas gastadas y plástico, cuyo humo entra en los pulmones de estos niños cada día. Muchas horas de trabajo por tan solo dos o tres euros, de los que únicamente uno de ellos se dedica a su alimentación. El resto va a unos padres que quizás no quieran prescindir de esa ayuda económica, o quizás hayan vivido una infancia igual o peor que la de ellos, y lo vean como ley de vida. Algunos provienen de los Andes, donde las condiciones de vida y de trabajo en las montañas son tan duras, que vivir en una casa de adobe en este barrio y el que sus hijos tengan esas ocupaciones, supone, aunque suene duro decirlo, un avance.
Ya se ve el portón azul, la entrada del colegio. Hoy es el último día que lo veremos, porque nuestro voluntariado se acaba. Como cada día los pájaros negros sobrevuelan los alrededores, como buitres alrededor de una presa. A veces cruzan el colegio por lo alto, pero nunca bajan, se mantienen en el exterior, a distancia. Es como si formasen parte de una extraña metáfora. Dentro del colegio, como cada día, muchos niños estarán esperándonos. Después de varios días de juegos, de pintar, de bailar, de escribir, de cocinar platos de varios países y de hacer tantas cosas juntos, nos estarán esperando tras el portón azul. Unos se conformarán con una sonrisa, otros nos cogerán de la mano y algunos vendrán corriendo, y se nos lanzarán encima para que los abracemos. Si nuestro cuerpo tuviese en su interior un depósito donde se almacenase todo el cariño que recibimos, el mío habría reventado hace ya varios días.