Esta mañana visito los restos arqueológicos de Moray, en el Valle Sagrado de los Incas, cerca de Cuzco.  El autobús nos deja frente a un gran abismo, un enorme agujero con forma de cono invertido, formado por una docena de anillos concéntricos, en forma de terrazas. El mayor se encuentra casi a la altura donde me encuentro, y el más pequeño abajo del todo, a modo del coso de una plaza de toros. Cada anillo está delimitado por un muro de piedra de dos o tres metros de altura que contiene la tierra de su anillo y la delimita con respecto a la siguiente. Unas escaleras de piedra permiten subir y bajar entre las diferentes alturas.

Según nos cuenta el guía, en este lugar los Incas aprovecharon una depresión del terreno para fabricar un gigantesco laboratorio. Cada uno de los anillos, al estar a diferente altura del resto, tiene unas condiciones de temperatura y humedad diferentes, con lo que crearon varios microclimas distintos. Podían experimentar con diferentes especies vegetales en cada terraza, para conseguir productos cada vez mejores.

El guía dice que este es un lugar mágico, con una energía especial, otorgada por los círculos concéntricos y la grandiosidad del lugar. Nos señala abajo del todo, al fondo de la terraza más baja. Allí, justo en el centro, se puede ver un círculo de piedras. Frente a él hay una persona de rodillas, inmóvil, que está meditando, rezando, como uno de esos antiguos Incas. Desde arriba se le ve muy pequeño, como un simple muñeco. Alguien pregunta al guía si se puede bajar. Éste duda, mira el reloj, y asiente de mala gana, pero advierte que no es fácil, hay que bajar muchas escaleras de piedra y luego subir por ellas, y el que quiera hacerlo tiene el tiempo justo antes de irnos.

Sin mirar atrás salgo disparado hacia abajo. Como ha dicho el guía no es fácil, no hay un pasamanos donde agarrarse, el descenso se hace a través de unas escaleras construidas con unas piedras “clavadas” en los muros que delimitan cada terraza, y muchas de esas piedras se han roto o ya no existen, por lo que hay que medir muy bien las distancias porque faltan escalones, o muchos están inclinados, y a veces hay que saltar. Es fácil torcerse un pie. Pero la ansiedad por volver antes de que el guía decida el regreso y me deje allí tirado, se anula con la extraña necesidad de llegar abajo. Siento una sensación rara, como la de estar profanando algo, como la de violar un lugar por el que seguramente bajaban y transitaban los Incas hace quinientos años. Donde trataban de sacarle todo su jugo a la madre tierra, a la Pachamama, y que seguramente habría sido un lugar secreto. De vez en cuando miro de reojo al hombre que medita en el centro. Al bajar cada vez lo veo más cerca, ahora puedo advertir mejor sus posturas de meditación, incluso intuyo que tiene los ojos cerrados. Pienso que quizás sea un tontería hacer eso allí en medio, ¿Qué diferencia puede haber con cualquier otro lugar? A la gente le gusta inventar que existen lugares mágicos y con una energía especial.  Desciendo más rápido, pero aunque por dentro siento el calor del esfuerzo, por fuera la temperatura va descendiendo, y un frescor repentino me envuelve, sin que ninguna nube haya tapado el sol. La respiración se torna diferente con el aumento de la humedad.

Por fin llego abajo. El afán por descender me ha hecho perder la noción del tiempo, y darme cuenta de que el hombre de la meditación ya no está, se ha ido. Con un extraño respeto me voy acercando al centro, al círculo marcado en el suelo, al lugar de “máxima energía”, y entro en él. No sé sí de verdad aquel lugar es mágico, pero lo que si es cierto es que es especial, te sientes como en el centro del mundo. La tierra se abre y se ensancha desde donde estás hacia arriba y hacia afuera por todas partes casi por igual, mires a donde mires. Tengo la necesidad de plasmar aquello en fotos. Me pongo a hacerlas mirando a cada punto cardinal, pero pronto me doy cuenta que aquello no va a ser significativo para hacerle sentir a los demás un poco de lo que siento en aquel momento. Coloco la cámara en modo video y me dispongo a girar los trescientos sesenta grados de un modo lento, panorámico, suave, para que la imagen salga lo más nítida posible, y se aprecien los detalles de la cuidada simetría, de las piedras dispuestas como un cuidado puzle, de la enormidad de todo aquello,… hasta que de pronto,… la cámara hace un “click”, y se oscurece su pantalla. Ha dejado de funcionar. Le cambio la batería pero sigue apagada, no obedece al botón de encendido. Es extraño, he tenido varias cámaras parecidas y las he ido cambiado por tener una más moderna, pero nunca les ha ocurrido nada igual. Miro hacia arriba y veo el autobús, y a los turistas alrededor como puntitos. Decido volver.

Una vez regresé a Cuzco, en la recepción del hotel donde me hospedaba me recomendaron un taller de reparaciones. Llevé la cámara, con la esperanza de que no me costara mucho. Al día siguiente volví como me dijeron, y me la devolvieron en una bolsa transparente, diciéndome: “no tiene que pagar nada amigo, no hemos podido repararla, yo de usted compraría otra”.