Si las ciudades tienen un color, el de Lima es el gris. Los días nacen con una cotidiana luz tenue, y un horizonte huérfano de sol, apagado en todas direcciones, a todas horas, y así un día tras otro, durante semanas, e incluso meses. Los edificios, los puentes, las avenidas, todo se contagia, y se acomodan en un cielo que dibuja este paisaje triste. Las marejadas de vehículos, de autobuses, la gente en los mercados, todos se resignan a participar en un escenario de película en blanco y negro.
Pero dicen que una mañana, de improviso, cuando ya nadie lo recuerda, se abre el cielo, y un azul inédito pinta la ciudad de colores. Y ese día el amarillo de la Plaza de Armas imita a un sol festivo, y los balcones de madera cuelgan sobre las calles, con un brillo particular. Y dicen que ese día, el verde de la hierba es más verde, y la flor de la Achira toma una tonalidad, a la que nadie se atreve a dar un nombre.