Al guía que llevaba a mi grupo por Cuzco, a veces le salía el habla en quechua, y tenía que recurrir a nosotros para encontrar en castellano alguna palabra que no se le venía a la cabeza. Era delgado, tez morena, contaba las cosas como si hubiese vivido en la época de los Incas, y nos quisiese mostrar las maravillas de su mundo. Su nombre en quechua significaba “aquí estoy”. Hablaba de los Incas con pasión, nos mostraba con emoción y orgullo cada una de las curiosidades de su pueblo. Los Incas tenían tres mandamientos principales: “ama sua” (no seas ladrón), “ama quella” (no seas ocioso), y “ama llulla” (no seas mentiroso). Y lo cumplían hasta tal punto, que por ejemplo, para que nadie entrara en sus casas cuando no estaban, sólo tenían que poner un palo cruzado en la puerta de su vivienda, indicando que los dueños no estaban.
Los Incas llamaban a su civilización Tahuantinsuyo, “las cuatro tierras bajo el sol”. Para cada una de esas cuatro tierras salía un camino, y Cuzco estaba en el centro. Cuzco estaba construida para que desde arriba, desde el cielo, se la viese con la forma de un Puma. En el corazón de este Puma se encontraba una gran plaza, que hoy día es la “Plaza de Armas”, y que sigue siendo el corazón de la ciudad. En la época de los Incas estaba rodeada de templos y palacios. Los conquistadores los demolieron para con sus restos construir una gran iglesia y una gran catedral, una al lado de la otra. Están tan cerca y son tan parecidas que parece que ambas se miran en un espejo. El resto de la plaza está delimitada por casas coloniales que compiten entre sí por ser la más bella, con presumidos balcones de madera de llamativos colores. Aunque, sin que nadie te lo diga, se aprecia cómo tomaron prestado de la antigua ciudad Inca, algunos de sus cimientos y paredes. Son inconfundibles esas grises y enormes piedras, que encajan milagrosamente como en un puzle, y que sobresalen del suelo para ofrecer la base de algunas de las construcciones de la plaza. Al final, han sido las que han sobrevivido más tiempo, puesto que contra la fuerza y el encaje perfecto de estas piedras, no pueden los terremotos.
Si levantas la mirada por encima de esas casas que rodean la plaza, aparecen los tejados de los edificios que se encuentran por detrás. La pendiente del terreno permite que se asomen por encima, como queriendo no perderse algo. Y por detrás de éstas casas están otras, y más allá otras, formando una cascada perfecta que se extiende en casi todas las direcciones. Hasta adentrarse en las montañas, tiñen toda la vista del tono pardo de los tejados. Y de ese modo, la plaza, abajo del todo, parece el escenario de un enorme anfiteatro, en el que todas las casas de la ciudad miran a una estatua que se encuentra justo en el centro. Es la estatua de un gran rey Inca, que, con su brazo en alto, expresión seria, y como si fuese a tomar vida, parece hablarle a su pueblo. Quizás para volver a ser lo que fueron.
Nuestro guía lo miró con respeto, y agachó la cabeza cuando pasamos ante él.
-Nota. Añado esto que he leído en Wikipedia (https://es.wikipedia.org/wiki/Inca):
En Cuzco en el 1589, el último sobreviviente de los conquistadores originales del Perú, Don Mancio Serra de Leguisamo, escribió en el preámbulo de su testamento lo siguiente:
“Encontramos estos reinos en tal buen orden, y decían que los incas los gobernaban en tal sabía manera que entre ellos no había un ladrón, ni un vicioso, ni tampoco un adultero, ni tampoco se admitía entre ellos a una mala mujer, ni había personas inmorales. Los hombres tienen ocupaciones útiles y honestas. Las tierras, bosques, minas, pastos, casas y todas las clases de productos eran regularizadas y distribuidas de tal manera que cada uno conocía su propiedad sin que otra persona la tomara o la ocupara, ni había demandas respecto a ello… el motivo que me obliga a hacer estas declaraciones es la liberación de mi conciencia, ya que me encuentro a mí mismo culpable. Porque hemos destruido con nuestro malvado ejemplo, las personas que tenían tal gobierno que era disfrutado por sus nativos. Eran tan libres del encarcelamiento o de los crímenes o los excesos, hombres y mujeres por igual, que el indio que tenía 100,000 pesos de valor en oro la dejaba abierta meramente dejando un pequeño palo contra la puerta, como señal de que su amo estaba fuera. Con eso, de acuerdo a sus costumbres, ninguno podía entrar o llevarse algo que estuviera allí. Cuando vieron que pusimos cerraduras y llaves en nuestras puertas, supusieron que era por miedo a ellos, que tal vez no nos matarían, pero no porque creyeran que alguno pudiera robar la propiedad del otro. Así que cuando descubrieron que teníamos ladrones entre nosotros, y hombres que buscaban hacer que sus hijas cometieran pecados, nos despreciaron.”