El cañón del Colca es una enorme depresión en los Andes, una gigantesca grieta de varios kilómetros de ancho y más de cuatro mil metros de profundidad entre las montañas, y por cuyo interior discurre el valle del Colca y el río del mismo nombre. Desde el borde superior puedes ver por debajo al Cóndor, planeando como un pequeño avioncito negro de papel.
Dicen que debe su nombre a dos pueblos que habitaban el lugar, antes incluso de que naciese el Imperio Inca: los Collaguas y los Cabanas. Cada uno de ellos vivía en una zona bien diferenciada del cañón. Los Collaguas vivía en la zona alta, que debido a la gran altitud no es muy productiva en vegetales, y se dedicaban a la ganadería y al pastoreo. Sin embargo en la zona baja, el valle es muy productivo, y quienes lo explotaban era los Cabanas. Pero las diferencias entre ambos pueblos no terminaban ahí.
Este es un lugar de grandes montañas, y los pueblos antiguos las tenían por dioses. Las llamaban “apus”, y apelaban a ellas como cualquier otra religión apela a sus dioses o a sus santos. Los apus eran protectores, y también eran lugares donde nacían los pueblos. El pueblo Collagua el de las alturas, sostenía que su pueblo había nacido en el volcán Collaguata a unos ochenta kilómetros, mientras los del valle, los Cabanas, aseguraban proceder del nevado Huallca, también lejos de allí. Como la montaña de los Collaguas era alta y alargada, a los niños, al nacer, se les colocaba unas maderas con unas vendas alrededor, para deformarles el cráneo, y que adoptase esa forma. Por otro lado, como la montaña de los Cabanas era plana en su cima, desde recién nacidos se les aplicaba la misma técnica, pero para que su cráneo se construyese “plano” desde sus años iniciales. Los Collaguas hablaban la lengua aimara, mientras que los Cabanas la quechua, pero varias veces al año unos bajaban para intercambiar ganado por vegetales, y otros subían para adorar a los dioses en las montañas más altas.
Cuando llegaron los Incas se sometieron tan pacíficamente como habían convivido entre ellos, y fueron permitidas sus costumbres. Pero más tarde llegaron los españoles, que prohibieron la práctica de deformar la cabeza, sustituyéndola por un sombrero con la forma “cónica” o “aplanada”, según se perteneciese a un pueblo u otro. Los españoles también impusieron la religión cristiana, por lo que hoy día hay muchas iglesias por la zona. Pero me cuentan que si uno se fija bien, todas están orientadas a alguna montaña cercana, para continuar mirando, al menos de reojo, a sus apus.