Tomo estas notas con mucha dificultad. El movimiento del tren te lleva de un lado a otro del asiento como en una de esas atracciones de feria. Tanto que levantarse parece una aventura y un motivo de preocupación observar como el revisor hace su trabajo. Pero no es cuestión de quejarse, el simple hecho de que estos raíles existan me parece un milagro. El desfiladero entre las montañas es estrecho, como creado justo a medida de la vía del tren y de un ceñido río de aguas salvajes que se abre paso entre las piedras. El poder del agua es hipnótico. Es difícil desviar la mirada de los remolinos, de la espuma, de rocas con formas que siempre recuerdan a algo, o de algún puente de cuerdas que del cristal del vagón hacia afuera son el único añadido en este planeta virgen. Pero de cuando en cuando, el embrujo del río no puede evitar que la mirada se eleve, y una piedra te lleva a otra, y poco a poco escalas la montaña, y elevas la vista hasta las cumbres. Las nubes son tan blancas que parecen nacer de la misma nieve de las laderas. Algunas son pequeñas y rápidas, y se mueven entre los picos más altos, a los que a veces ocultan, o más bien son los señores de piedra los se esconden tras ellas. Se asoman tan solo unos segundos y luego desaparecen, como observadores tímidos. Parecen estar ahí arriba, muy cerca, pero se siente vértigo al observar algún detalle que te haga tomar conciencia de sus verdaderas dimensiones.

A mitad de camino, sin apenas percibirlo, de un modo natural el entorno va cambiando, y las laderas grises se van ido cubriendo de verde. La temperatura en el exterior debe de haber subido bastante. Me habían dicho que durante el trayecto bajaríamos de altitud, a una zona que ya es selva. A excepción de las avenidas de mi ciudad en hora punta, nunca había estado en una selva. La vegetación ha ido ganando terreno entre las piedras y ahora cualquier árbol se acomoda en lugares y alturas que hace un rato parecían imposibles. Se atreven a escalar montañas, pintan sus paredes de verde, e incluso en algunos lugares hay tal densidad de ellos que parecen pelearse en busca de un trocito de sol. Pero cada vez se va haciendo más difícil disfrutar de este paisaje. El tren atraviesa tupidos túneles de enredaderas y musgo que sólo de vez en cuando dejan disfrutar de lo más lejano. Aunque lo más cercano también entretiene. Atravesamos un país de bandera verde con infinitos matices. Y no sólo verde. A un par de metros del tren vuelan dos pájaros de color rojo. Son pesados como perdices pero se mantienen a nuestro lado. Incluso aceleran la marcha y prosperan asomándose ventanilla a ventanilla, como niños curiosos. Cuando vuelan junto a la mía parecen saludarnos. Para ellos somos un enorme gusano que se arrastra despacio. Nos adelantan como en una autopista, y luego cambian de dirección, como si se burlasen de nosotros.

Tras un largo serpenteo el tren se detiene en un pequeño pueblo, alojado en el único llano posible entre montañas, donde el río se divide. Hacemos una parada. Hay gente que mira con prismáticos muy arriba, a un lugar en lo alto de una cima elevada, pero no distingo nada. Cambiamos el vaivén de los vagones por el de un autobús. El camión abandona el pueblo, y asciende despacio por una estrecha carretera que de momento le gana un pulso a la vegetación. Las lluvias torrenciales han dejado su huella en los bordes del asfalto. Al principio de ve imposible que ningún vehículo pueda circular en sentido contrario, pero cuando nos enfrentamos con alguno la gente contiene la respiración. El autobús comienza a ascender una montaña, y no recorre más de cien metros sin que una curva nos cambie de dirección para tomar otra recta que nos haga subir un poco más alto. El pequeño pueblo cada vez se ve más pequeño. Apenas se distinguen sus puentes, sus tejados se convierten en un amasijo gris, y el tren parece un pequeño gusano inmóvil. A parte del miedo de caer al vacío, del deleite por el increíble paisaje, creo que puedo adivinar lo que a muchos de los vamos en el autobús se nos estará pasando por la cabeza. Seguro que todos habremos leído en alguna parte, o habremos conocido por programas de televisión, como la ciudad que vamos a visitar estuvo deshabitada y pasó desapercibida durante siglos desde que la construyeron los Incas. Pero después del viaje de varias horas en tren por estrechos pasos entre montañas, y de esta subida a través de la selva, hemos experimentado por cuenta propia el motivo, y la explicación creo que a todos nos parecerá lógica y normal. Lo que ahora uno se pregunta es cómo se le pudo ocurrir a alguien construir una ciudad aquí. Cuando llegamos a la cima de la montaña el autobús se  detiene en un llano. De momento nada especial. Cemento, tiendas de recuerdos, restaurantes, bares, tornos, todo lo que se pueda uno encontrar a la entrada de cualquier parque temático del planeta. Pero se cruza un umbral y se entra en un recinto; subes unas escaleras, atraviesas un pasillo, tuerces una curva,… y,… aquí está…

Me he quedado inmóvil durante un rato. He perdido la noción del tiempo hasta conseguir hacer alguna foto o escribir al menos una letra. Desde la primera mirada me he enamorado de esto, y lo he establecido como un lugar sagrado donde me gustaría a vivir. Al principio lo quieres abarcar todo: las casas de piedra, los templos, las montañas, el valle, el río, el juego de luces entre las nubes, una explanada que parece una plaza, la nieve de alguna cumbre, una escalera de piedra que parece no tener fin,…  La extraña ciudad parece estar viva y nada más pisarla te acoge y te toma por uno de sus habitantes. Te puedes perder por sus calles, por sus enormes balcones de cultivos, o por los lugares sagrados donde seguramente se reunirían, pero por mucho que te deslumbren sus rincones, nunca te abandona la sensación de que estás en lo alto de una montaña. Dicen que los Incas veneraban a las montañas. Creían que tenían vida propia, y que unos espíritus llamados Apus habitaban en ellas. Trataban siempre de estar a bien con ellos para que les ayudasen en este duro entorno. Les hacían ofrendas, como también a la pachamama (madre tierra). De ellos nacen el agua, las plantas, la naturaleza y la vida. Cada montaña tenía nombre, y ésta, donde se asienta esta ciudad, se llama Machu-Pichu, que quiere decir en quechua “montaña vieja”. Esto no significa que esta ciudad se llamase así, de hecho no se su conoce su nombre. Es una ciudad sin nombre, abandonada y extraña. Se puede sentir como cada casa, cada edificio, fue construido con una sensibilidad extrema, en armonía con todo lo que nos rodea, como queriendo ganarse a pulso el formar parte por siempre de este entorno. Cada piedra ha sido esculpida con mimo, y encaja perfectamente en las que tiene a su lado. Desde lo más pequeño a lo más grande parece haber sido cuidadosamente concebido. Incluso se preocupaban de que viendo este lugar desde arriba, desde el cielo, la ciudad tenga forma de un animal.

Pero tanto como la arquitectura, el misterio sus formas, o los secretos de sus pobladores, seduce el vacío de su entorno. La misma ciudad parece invitarte a sentarte de espaldas a ella, en alguna de sus piedras, con los pies colgando al vacío. Se intuye que hubo algo o mucho de esto en la mente de quien la construyó. El panorama frente a la ciudad no parece real, es como si lo vieses en una pantalla o en un cuadro enorme. Al fondo hay una cadena de montañas que al principio apenas se percibe con la neblina. Pero si fijas la mirada y te centras bien en ella, la llegas a distinguir con una cierta claridad, e incluso puedes llegar a comprobar como por encima aparece el contorno de otra cadena de montañas, aún más alta, y luego otra más alta aún, en una escalada que parece no terminar nunca. Cuando llegas a lo más alto, te das cuenta de que lo que tienes delante es una enorme cordillera que va descendiendo hasta este lugar, muy montañoso también, pero no con tanta altitud. Cuando la vista se te ha hecho a la situación y tienes la visión de todo en conjunto, te da la sensación de que las montañas se hubiesen colocado unas intercaladas con otras, pero de forma que se las ve a todas, como si quisiesen aparecer en una foto. A diferencia de las del fondo con cumbres cubiertas de nieve, las más cercanas están cubiertas del verde de la selva. Llama mucho la atención la primera montaña, que está muy cerca, frente a la ciudad.  Es especial, como si se hubiese adelantado a las demás para retratarse sola. Todas están unidas en la cordillera como hermanas siamesas, pero ésta es independiente. Un cincel grandioso parece haber tallado  sus recortadas laderas, que nacen muy abajo, donde un río la rodea. Cuando el sol encuentra un resquicio entre las nubes, brilla el agua que la circunda, y parece como si  tuviese un anillo de plata a sus pies. Después de haber sido embrujado por ella, este lugar me parece construido para admirarla.

Cuesta tomar conciencia de que tengo que irme de aquí y de que quizás no vuelva nunca. Para despedirme subo al lugar más alto, al final de una infinita escalera esculpida en la montaña, desde donde se ve toda la ciudad. Las llamas y las alpacas pastan la fina hierba de los prados entre las ruinas, y, aunque ya no las pueblan sus antiguos dueños, hay algo en el ambiente que devuelve su presencia. Ya es mediodía. El sol mantiene un pulso con las nubes, y sus rayos dibujan formas que se proyectan en las casas, en los edificios que aún quedan en pie, y en las montañas de alrededor. Dan lugar a una variedad tan grande de colores y sombras, que da la sensación de que nunca nadie podrá ver lo mismo que estoy viendo yo ahora mismo. Otras nubes, otras estaciones proporcionarán otras vistas maravillosas, pero ninguna será exactamente igual a la que presencio en este momento. Igualmente, me queda la certeza, de que ninguno de los habitantes de esta ciudad, en aquellos tiempos, debió dudar nunca ni un instante de que un ser divino creó este lugar.