Esta mañana visitamos Farako, una población donde la ONG ha construido varios pozos. Vamos en un coche ranchera. En la cabina sólo caben tres, por lo que a uno le toca ir en el contenedor descubierto, sentado en la chapa y mirando hacia atrás. Me presento voluntario. Es agradable estar al aire libre, y poder observar a los que transitan por la carretera. Adelantamos a algunos que se desplazan en bicicletas. Trasportan lo inimaginable. Primero están cerca, luego se alejan y se pierden en la distancia. Pasamos a un carro de hierro oxidado, con las ruedas inclinadas casi a cuarenta y cinco grados, cargado de leña al doble de su capacidad. Encima de la montaña de troncos, un niño pequeño sonríe. Delante uno mayor lleva las riendas de un burrito que tira despacio. El joven va despreocupado, con las piernas cruzadas, como si llevase conectado el piloto automático. El burrito sigue su camino, con lentitud. También dejamos atrás a niños que van al colegio, con cuadernos en la mano, y a mujeres andando por los arcenes, portando en sus cabezas bandejas y recipientes con alimentos. Todos se quedan mirando, no es normal ver a un blanco. Tras unos segundos saludan con la mano y, cuando les devuelvo el saludo, agitan más rápido los brazos, y me regalan sus sonrisas.

   De pronto siento que el coche va más despacio. Vamos a adelantar a alguien. Al principio apenas lo veo. Va muy bajo. Es un hombre viejo, delgado, que circula sentado en algo parecido a un monopatín. Es una tabla con varias ruedas pequeñas. Va sentado porque sus piernas están atrofiadas, son anormalmente delgadas. Las lleva plegadas en postura de yoga. Se agarra a la calzada con sus encalladas manos, para impulsarse estirando sus brazos huesudos. A veces adquiere una cierta velocidad a pesar de las circunstancias, e incluso frena alguna vez, para evitar la ausencia de asfalto en el borde de la carretera, que es como el mapa de África. El hombre se va haciendo cada vez más pequeño. Lleva ocupadas sus manos, pero adivino una sonrisa tras su barba blanca.