Entre un bosque de brazos y piernas negras pude ver a Marie al otro lado del patio de deportes. A pesar de la distancia sentí en mí su sonrisa, y al acabar el partido de fútbol comenzó a caminar hacia donde yo me encontraba. Ya de lejos distinguía sus rasgos de mujer maliense y su dulce coquetería. Estudiaba el último año de lo que nosotros llamamos Formación Profesional. Marie era la hija de un amigo.

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      Mientras la chica se acercaba recordé cuando varias tardes atrás, su padre nos había invitado a tomar té en su casa. Allí nos recibió a la entrada con saludos en francés, y nos pidió que nos sentásemos en el patio, en unas sillas simples pero cómodas, de tensos cordeles. Preparó el té muy cerca de nosotros, en un pequeño hornillo, mientras algunas gallinas pasaban por debajo de nuestras piernas, quizás habituadas a que los ocupantes de los asientos, dejasen caer ocasionalmente algún pequeño resto de alimento. Una estaba subida en el lomo de un perro, que descansaba tendido en el suelo de tierra. No parecía notar que el ave caminaba por encima de él, y ésta cada poco le picoteaba entre los pelos, para librarlo de algún insecto. El perro ni siquiera abría los ojos. Recuerdo que comenzamos a hablar de los brujos, y de los sacrificios que realizan con pollos y gallinas, y varias de ellas comenzaron a correr y cacarear por todo el patio, como si entendiesen lo que decíamos. Dentro de una estancia, la madre de Marie barría el suelo con una mazorca de ramas finas, sin flexionar las piernas. No hablaba demasiado con nosotros. Parecía muy agradable, pero no sabía apenas francés, sólo bambara. Al fondo de la habitación que limpiaba, había un televisor pequeño, rodeado de baterías eléctricas. Aquel barrio estaba situado tan sólo a unos cientos de metros del núcleo urbano, pero no llegaba la electricidad.

      Fue entonces cuando Marie salió al patio, y su padre nos la presentó. Lucía un vestido de alegres estampados, y llevaba el pelo recogido en un pañuelo. Ayudaba a la madre con los dos hermanos pequeños, y también a preparar la comida. Comenzó a golpear con una gran maza el interior de un kolongala, un cuenco de madera que rellenaba con mijo. Luego atendió a unos recipientes sometidos a fuego lento, donde se cocía arroz. En muchas ocasiones, la madre y ella reían con nuestros gestos desesperados, cuando nuestro pobre francés no bastaba para explicarle algo a su padre. Luego Marie se fue a una esquina del patio, donde una gran pizarra estaba apoyada contra la pared. La joven comenzó a escribir en ella, de pie, portando en su mano izquierda un cuaderno que a ratos consultaba. Mientras los demás conversaban, yo a veces miraba hacia la chica y me interesaba por su trabajo. A ella esto parecía divertirle. Me sonreía tímidamente y escondía su cara tras el cuaderno, en un juego sin palabras. Cuando llenó la pizarra de números hasta el suelo, agachada, traté de descifrar lo que había escrito. Eran fórmulas de electrotecnia, el cálculo de la capacidad de un condensador, en un circuito eléctrico de varios componentes. Luego se fue a terminar de ayudar a la madre con la comida. Yo me levanté y me separé del grupo, a unos metros, para realizar una llamada con mi teléfono móvil. Tenía buena cobertura con él, a pesar de ser uno de los modelos más baratos en Malí. Resultaba curioso el teclado con alfabeto occidental y también árabe. Mientras hablaba desde un rincón del patio, Marie se acercó para ofrecerme unos frutos secos. Su amabilidad y su sonrisa me hicieron perder el hilo de la conversación.

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      Ya no volví a verla hasta aquella mañana, en la que tras el partido de fútbol, se acercó hacia mí atravesando el patio de deportes.

      − Bonjouuur –me saludó sonriendo.

      − Bonjouuur. Comment ça vaaa? –Le contesté.

      Después hablamos durante un rato. Ella en francés y yo en una torpe versión de ese mismo idioma. Recordamos la tarde en el patio de su casa, y bromeamos sobre el uniforme colegial que vestía aquella mañana. Cuando más animada estaba la conversación, sonó una campana, y todos los jóvenes comenzaron a desalojar el patio, y a llenar las aulas. Entonces Marie me miró con una timidez aún mayor de lo habitual, y con suaves palabras me pidió que le diera mi teléfono. Inmediatamente metí la mano en el bolsillo para sacar el móvil y buscar mi número en la memoria. Lo había comprado hacía pocos días y no lo recordaba. Reconozco que tardé en sacarlo porque estaba algo aturdido. Halagado pero aturdido. Trataba de entender porqué lo querría. Ella sabía que regresaba a mi país al día siguiente. ¿Querría seguir manteniendo contacto conmigo? ¿Hablar de vez en cuando? No sabía qué número darle, puesto que sólo utilizaría el teléfono maliense hasta salir del país. Pero cuando comencé a marcar el teclado, ella hizo un gesto señalando el aparato. No deseaba mi número, me pedía el teléfono.