Agnes, monja del colegio de María Inmaculada de Bamako, era la encargada de controlar a las niñas nuevas, internas en el centro. Las jóvenes llegaban de los poblados más recónditos de la región, donde habían cursado el primer ciclo en colegios con paredes de adobe, tejado de paja, y aberturas en la pared por donde entraba la luz.

            En el internado, en la habitación número doce, convivían cuatro chicas procedentes de un poblado alejado de la capital. Lucían llamativos peinados hechos a base de rizo sobre rizo, cada uno diferente de los demás. Cuando Agnes entró aquella mañana en la habitación, las chicas no reían ni bromeaban como era habitual en ellas. La monja, revisando la estancia, reparó en la única ventana que ésta tenía. Los marcos de hierro habían visto mil capas de pintura, y la última, de color verde oscuro, no había logrado disimular las grietas y las zonas oxidadas. A la monja le llamó la atención unos surcos en la pared alrededor de ella. Parecían recientes, pero ante la duda, prefirió callar para que no castigaran a las cuatro niñas. A los dos días volvió a entrar en la habitación, para vigilar el cumplimiento de las normas de orden y limpieza. Volvió a fijarse en la ventana. Quizás fueran más profundos los surcos, pero no lo recordaba bien, así que tampoco informó a su superiora, ni regañó a las chicas.

Una noche hubo pelea en la habitación número ocho. Se formó un gran revuelo. Todas salieron al pasillo a ver lo que pasaba. Cuando la batalla se calmó, Agnes les fue pidiendo que volviesen a sus habitaciones, pero al pasar por delante de la doce, observó que la puerta estaba cerrada. Esto le extrañó y entró en ella. Pero al hacerlo algo le sorprendió. No había ni rastro de las chicas y, donde antes existía una ventana, ahora sólo había un hueco en la pared, que había sido descarnada con la precisión de un cirujano. La ventana estaba apoyada en el suelo contra el muro e intacta. Inmediatamente avisó a las otras monjas, que se dispusieron a salir del convento en su busca. Pero al salir al patio se sorprendieron al encontrar a las niñas fuera, en un césped, tendidas boca arriba, con la tranquilidad propia de unas chicas que hubieran salido de excursión. Adujeron en su defensa que en su poblado era costumbre quedarse dormido viendo las estrellas.

Fueron llevadas por varias monjas a su habitación, y allí, en absoluto silencio, presenciaron como el vigilante del convento, haciendo las veces de albañil, volvió a colocar la ventana con argamasa de arcilla. Al terminar, sólo le quedaba probarla. Agnes nunca pudo olvidar la cara de asombro de las niñas, cuando el hombre accionó la manilla, y la ventana se abrió.