Es una noche calurosa en Bamako y hay fiesta en el instituto de los Salesianos, es el día de Don Bosco. Este lugar es una isla católica en la capital de Malí, que es un mar musulmán. Pero esta noche las puertas están abiertas a todos, y los terrenos de fútbol y de baloncesto del gran patio, han sido invadidos por jóvenes de no importa qué religión, que sólo piensan en divertirse. Las chicas visten sus mejores vestidos ajustados y los chicos camisas blancas en su mayoría, lo que hace su piel más oscura si cabe. Han sacado las mesas y las sillas de las aulas y las han colocado delante de un pobre escenario que sólo se identifica por unas guirnaldas que lo separan del resto. Hay un micrófono con su soporte en el centro. De vez en cuando alguien lo toma y dice algunas palabras que no entiendo, pero que entre canción y canción de una especie de rock africano, animan a la gente. Me recuerda a las fiestas de instituto y de universidad de España, aunque con algunas diferencias: por las carencias del país, el patio donde se celebra la fiesta está casi a oscuras, y a pesar del calor nadie tiene un vaso en la mano. Pregunto en unas mesas que forman un bar improvisado si se puede tomar algo, pero me dicen que están esperando bolsas de hielo. Han tenido que ir a comprarlas al único lugar posible a esas horas, que se encuentra al otro lado de la capital.
Pero aunque no haya luz ni bebida todos bailan. ¡Y como bailan! De pronto el animador toma de nuevo el micrófono y comienza a hablar. Sigo sin entenderlo, pero deduzco que al final termina diciendo el nombre de alguien en alto. Ese nombre corresponde a un chico que sale al escenario, da varias vueltas de vértigo, unos pasos de algo parecido al break dance, y se queda clavado. Mientras todos lo aplauden, el animador le acerca un pequeño trofeo, y el joven se retira. A continuación el animador vuelve a decir algo y a citar otro nombre, y un nuevo chico sale al escenario dando unos pasos de baile con un contorneo, que si yo lo imitara me partiría por la mitad. Él lo hace mientras sonríe a unas chicas que lo animan siguiendo el ritmo de la música con palmadas. Finalmente el animador le da otro trofeo. Uno de los misioneros que es además profesor, está cerca de mí, entre el público, y a pesar del volumen de la música logro decirle:
− ¡Como bailan! Estos serán los mejores, ¿verdad?
− Si, uno es el que ha conseguido la mejor nota en francés y el otro en matemáticas. Ahora irán saliendo el resto.