Una mañana fuimos de compras al mercado de Sikasso, con Pepe, un salesiano que ha vivido muchos años en África. Es unos de los pocos europeos que conoce el idioma bambara. Su buen carácter, y el conocimiento con el que hablaba de las costumbres y las cuestiones de aquella parte del mundo, hacían que no te apeteciera nunca dejar de escucharlo. En algunos puestos nos hacía comentarios sobre algún producto, o sobre alguna curiosidad, y nos servía de intérprete cuando  queríamos llevarnos algo. Otras veces se detenía a comprar alimentos para la despensa de la misión. Me llamó la atención el que en muchos puestos no hubiesen básculas, ni aparatos para pesar. Pero según nos dijeron, en una economía tan pobre no es habitual que se compre por kilos. Los frutos secos o las alubias pequeñas las despachaban en bolsitas de plástico, que servían de medida. Las frutas y verduras se podían comprar por piezas. Conforme pasaba el tiempo aumentaba el número de bolsas que colgaban de nuestras manos. En el río de gente que fluía por las calles del mercado, no había otros blancos, y me dio la impresión de que con las bolsas, éramos más observados todavía. En aquella parte del mundo, en la que se sobrevive con tan poco, aquella carga seguro que era objeto de deseo. Al llegar al coche las soltamos en la parte trasera, y cuando nos disponíamos a subirnos llegó un chico joven, delgado, casi un niño. En su mano colgaba una bolsa tan repleta de alimentos que no se podía cerrar. Alguno de nosotros se la había dejado olvidada en algún puesto del mercado, mientras comprábamos. No esperó nada a cambio, nos la entregó y se fue corriendo.