El camino a Nebadogou era recto. Me recordaba a los que atraviesan el parque natural de Doñana, en Huelva, sólo que en este caso la arena era de un rojo marciano, que contrastaba con el verdor de la vegetación. El paisaje era llano, excepto unas montañas no demasiado altas que se veían a lo lejos. Se fue haciendo cada vez más frecuente la presencia del árbol baobab, sagrado en África. Es un árbol peculiar, que puede llegar a ser muy grande, y que, según dicen, puede alcanzar hasta tres mil años de vida. Durante casi todo el año no tiene hojas, parece que está seco. Su grueso y alto tronco contrasta con sus tristes ramas desnudas. Yo trataba de describirlo con unas palabras en mi cuaderno, hasta que Javi me contó su leyenda. Según ésta, cuentan que en el pasado, el baobab era admirado por la espesura de su ramaje, el verdor de sus hojas y la belleza de sus flores. Pero creció tanto su vanidad, que ésta llegó a oído de los dioses, y lo castigaron invirtiéndolo, y haciendo que creciera al revés. El ramaje por debajo de la tierra y las raíces en la superficie. Desde entonces sus ramas desnudas parecen implorar el perdón de los dioses.

      Al llegar a Nebadogou, cerca del pueblo había un gran baobab. Junto a él estaban estacionados los camiones con la maquinaria y los gigantes taladros, que iban a perforar el suelo en busca de agua. En la proximidad del árbol parecían juguetes. Los trabajadores que iban a construir allí un pozo, estaban dispersos por el pueblo. Clavaban picas de hierro en el suelo, separadas unos metros, en una línea recta. Luego las unían con cables a un aparato portátil que manejaba un hombre. Ninguno parecía saber utilizarlo excepto él. El equipo parecía estar anticuado, y haber sido utilizado miles de veces. En cada medida, el hombre ordenaba que le conectasen una de las picas, giraba unos mandos, y unía dos cables pelados que sustituían a un interruptor que algún día dejó de funcionar. En una polvorienta pantalla se reflejaba la medida que detectaba el equipo y que el hombre anotaba pacientemente en una libreta. Al terminar, todo indicaba que en un lugar determinado debía de haber agua, y me enseñó el punto exacto. Perforarían allí, haría falta llegar a unos noventa metros de profundidad. Yo no dudaba de la elección, sabía que era un buen profesional, y que tenía un alto porcentaje de acierto, pero le pregunté algo que provocaba mi curiosidad: ¿cómo elegían donde hacer las medidas? La zona donde estaba asentado el pueblo era extensa, y daba la impresión de que a pesar de lo anticuado del equipo, no necesitaban realizar muchas mediciones para encontrar agua. El hombre me señaló hacia el enorme baobab, y luego se giró para señalar las montañas. En una línea imaginaria entre ambos, nosotros estábamos en medio.