Esta mañana viajamos en autobús desde la capital, Bamako, hasta la ciudad más importante del sur, Sikasso. Alejandro, Mari Carmen, Javi y yo. La estación está a unos kilómetros al otro lado del río Níger. Es una explanada con docenas de autobuses entre los que miles de personas aguardan y otros miles tratan de venderles algo. Parece un sistema solar en el que cada autobús es un planeta, alrededor del que giran todo tipo de negocios y de gentes. Varios chicos se acercan para ofrecerse como guías en aquel caos. Uno de ellos nos convence, y nos conduce entre la gente hacia alguna de las compañías que hacen el viaje hacia Sikasso. En una pequeña construcción se apoya un techado que da sombra a los que aguardan la salida del autobús, sentados en largos bancos de madera, como los de una iglesia. Tienen puesta su atención en un televisor pequeño, de apenas quince pulgadas. Los del final apenas pueden intuir las imágenes de la película china,  de artes marciales . A través de un hueco en la pared compramos los billetes a una mujer. El chico le pide una gratificación por habernos llevado hasta allí, pero ella se niega. Ante la situación le damos nosotros unos francos cfa. Cada poco se acercan mujeres y jóvenes portando bandejas en la cabeza, en las que ofrecen alimentos, bebidas, o cualquier tipo de producto, desde pasta de dientes a cintas de música. Todo esto ocurre entorno al autobús en el que se va a realizar el viaje, que es el centro de todo. Hay un pequeño mercado de puestos con techos de ramas, en los que se vende agua, plátanos, manzanas, sandías como pepinos gigantes. Un ligero olor a quemado llega desde un puesto de bocadillos de carne asada. La parte delantera de nuestro autobús está decorada con dibujos. Es de los más viejos, de un amarillo descolorido y con paneles de madera en algunas ventanas, sustituyendo al cristal. Con toda seguridad no pasaría una inspección técnica en Europa, ni tan siquiera visual. Un equipo de chicos trabaja alrededor suyo. Unos tienen abierta la parte de atrás, revisando las entrañas del vehículo; las cintas, las correas, marrones de polvo, y las carcasas oxidadas. Desmontan algunas piezas y con un cubo y una esponja las limpian en lo que parece el rutinario mantenimiento de un avión. Otros tienen abierta una portezuela por delante, junto al conductor, donde revisan un panel oxidado de relés, el corazón eléctrico del autobús. Desconectan los bornes de las baterías y las limpian. Al poco se transmite al ambiente que hay un problema. El motivo de que haya más de una hora de retraso. Un hombre grande, grueso y calvo parece ser el encargado. Viste pantalón y chaqueta elegantes. Se acerca a los jóvenes que realizan el mantenimiento y les recrimina algo. La tardanza se debe a algún problema eléctrico que no solucionan ninguno de los cuatro o cinco que están alrededor de la caja de fusibles. El hombre está cada vez más enfadado, y al poco se le ve sudando. Tiene una voz grave y profunda que le da más autoridad si cabe. Los chicos están nerviosos. Pero por fin el problema parece solucionarse, aunque el encargado sigue de mal humor hablando en un tono muy alto a todos, a los chicos, al conductor y al revisor de los billetes.

            Hay varias personas encargadas de ubicar los bultos abajo, en el portaequipajes. Arriba en el techo también se trasportan cosas, incluso animales. Acercamos nuestras maletas. Al entregarlas nos piden dinero. Javi me comenta que es normal que además del billete te cobren según la carga que lleves, ya que si no fuera así todos querrían aprovechar el viaje para transportar todo lo posible. Hay que tener en cuenta que esto no es Europa, donde se puede encontrar cualquier cosa en el centro comercial más cercano a casa. Aquí, en unas zonas la carne es más barata y de mejor calidad, en otras lo que prevalece es el pescado, y en otras cualquier otro producto. Cuando alguien viaja, aprovecha para llevarse lo mejor que sus recursos le permiten de ese lugar, para él o por encargo de familiares y amigos.

            Los asientos del autobús están tapizados con un forro de piel de oso de peluche marrón, al igual que las paredes y el techo. Da la sensación de que todo está enmoquetado. Eso, y que la mitad de los cristales han sido sustituidos por paneles de madera, da al entrar una sensación de oscuridad y agobio. Estamos en la estación menos calurosa, el invierno para ellos, pero hace calor. Mientras nosotros vamos en mangas cortas, alguno de ellos viste un anorak, incluso con la caperuza cubriendo la cabeza a pesar de ir dentro del autobús. Me sorprende que la gente prefiera sentarse donde hay paneles de madera en las ventanas. Nosotros nos acomodamos en la parte trasera, donde todo es cristal, pero al poco tiempo te das cuenta de que eso te expone a un baño de sol que no es agradable sin aire acondicionado.

Por fin el autobús se pone en marcha. En la luna delantera una cortina con flecos se mueve con el vaivén del vehículo, al igual que dos maceteros que cuelgan del espejo retrovisor. El conductor va siempre tocando el claxon en señal de aviso. Lo hace cada vez que adelanta a algún vehículo, lo cual es muy frecuente, porque la mayoría son más lentos: motos, camiones de carga, carros tirados por burros.  El autobús hace frecuentes paradas para recoger gente. No parecen estar señalizadas, pero todo el mundo las conoce. Señalando su presencia, cualquiera puede hacer que el autobús pare a recogerlo. Lo mismo ocurre para dejarlo. Por encima de las ventanas hay unas chapas en la pared. Varios golpecitos sobre ellas sirven de timbre de llamada. En una de las paradas se nos acerca una docena de mujeres y niños, cada uno porta algo. Tratan de conseguir tu atención desde abajo, buscando tu mirada. Cuando lo logran te regalan una sonrisa y te ofrecen su producto. Si no lo compras te siguen regalando la sonrisa, con toda naturalidad, sin que te hagan sentirte mal. Portan en sus bandejas bolsas de agua, magdalenas, frutas, plátanos, huevos, frutos secos, o bolsas de refresco de tamarindo. Alguien escala por fuera hasta el techo. Tira una cuerda que cae justo a la altura de mi ventana. Se siente un gran estruendo, bajan sillas y mesas que descienden rebotando en las paredes y en las ventanas del autobús. Ahora me explico porqué algunas han sido sustituidas por paneles de madera.

En la zona que atravesamos ahora el paisaje es seco. Dispersos, los grandes árboles son gigantes solitarios. Están los baobabs, que con sus ramas como brazos desnudos parece que tratan de sostener algo. Los mangos tienen un grueso tronco, un ramaje denso, y una figura redondeada y recortada por abajo, como si hubiesen sido creados para dar sombra. A cada poco hay alguna población. Nada la identifica. Se sabe porque aumenta la densidad de una especie de pequeñas haciendas, formadas por un terreno rodeado de un delgado muro de bloques de adobe. En cada una de ellas vive una familia con sus hijos, y a veces los hijos de sus hijos. Dentro hay algunos árboles y pequeñas construcciones. Son cabañas de adobe, con techos de palos y ramas de árboles. Algunas tienen delante un techado de paja para dar sombra, y debajo unos tablones de madera unidos a modo de mesa, que nunca llegan a juntarse del todo ni estar al mismo nivel. Cada hacienda está separada de las demás como mínimo unos cincuenta metros, aunque algunas están juntas, signo de que la familia se ha ampliado. Por fuera de ellas, por los caminos, mujeres portando cosas en la cabeza, carros de madera tirados por burros y gobernados por niños, y muchos animales sueltos: cabras, ovejas, gallinas, todos sin aparente dueño. Cada uno sabe lo que tiene y respeta lo que tienen los demás.

Llegamos a una población que es más grande que el resto. Es Bouguni, el lugar más habitado entre Bamako y Sikasso. Se hace una parada. Junto a la carretera hay una zona con puestos en los que se vende de todo. Están hechos de bloques prefabricados y tejado de chapa, con piedras en lo alto para que no vuelen con el viento. Hay muchos lugares de reparación de bicicletas o de motos, con jóvenes sentados en la puerta. No tienen uniforme ni aspecto de mecánicos, pero según me cuenta Javi, cuando llega alguien con una rueda pinchada o alguna otra avería, realizan una reparación en un tiempo de vértigo. En la travesía del poblado hay también muchos lugares donde se vende gasolina. Colocan al borde de la carretera mesas de madera, con botellas de cristal rellenas de combustible.

La parada se va a hacer en una estación de autobuses. Es una explanada que parece más bien un cementerio de grandes vehículos. Hay dos camiones sin ruedas y cubiertos de polvo. También hay un mercado. Al bajar se nos acercan mujeres y jóvenes vendiendo alimentos, con bandejas en la cabeza. Han fabricado en unos segundos un puesto junto al autobús. Tienen varios recipientes de plástico con trozos de carne asada, vegetales, pan y una salsa roja. Te ofrecen un bocadillo muy barato, el equivalente a medio euro. Al principio desconfío, digo que no. Pero luego viendo a los demás comer pido uno.

Al salir de Bouguni la carretera se va haciendo cada vez peor. El asfalto de los bordes se ha perdido y ha quedado sólo un carril con baches, y un amplio arcén de tierra roja a cada lado. A veces el autobús debe reducir la marcha o apartarse cuando se cruza con otro camión, o para adelantar. En el cruce de vehículos hay una especie de jerarquía sobre quien se queda sobre el carril asfaltado y quien se aparta al arcén de tierra. Por orden: camiones cisterna (que son como grandes elefantes a los que todos respetan), autobuses, camiones de transporte, furgonetas, coches, motos… A medida que nos acercamos a Sikasso, la densidad de los árboles se hace mayor. Hay cultivos de algodón entre ellos. Hay también ganado. Abunda el cebú, que es una vaca delgada y pelleja con una joroba por encima del cuello. Es casi la única variedad de vacuno, sobrevive en estas tierras porque es resistente a la mosca tse tse. También hay ovejas y cabras. Las traen hasta el borde de la carretera para que coman del grano que cae de los camiones de transporte de cereal.

Por la tarde la calzada se va haciendo cada vez más irregular, y el ruido con los baches hace que ya no se distinga si hay música de fondo. Las vibraciones llegan hasta tal punto, que las ventanas de cristal se desplazan por el rail sin ayuda, y acaban abriéndose solas, como si el autobús tuviese vida propia. Seguro que es otro motivo para que muchas de ellas hayan sido sustituidas por paneles de madera. Por los huecos de las ventanas comienza a entrar un polvo rojo que cubre la libreta en la que escribo, y la punta del bolígrafo tropieza con granitos de arena.

Se hace de noche y se encienden las luces internas del autobús, unas sí y otras no. En la carretera la única luz es la de los vehículos. Los poblados están a oscuras. La única excepción es uno de ellos que tiene ocho o diez farolas. Me comenta Javi que aquello además de ser un lujo para aquel poblado, es una fuente de ingresos, porque la luz atrae a los saltamontes y es fácil cazarlos.

Por fin llegamos a Sikasso. Han sido siete horas de viaje. El autobús entra en una explanada donde hay otros autobuses y otras zonas de espera con un techado, largos asientos y una televisión, como a la salida en Bamako. Sólo que esta vez imagino que los que están allí no son viajeros, porque no creo que ya de noche haya transporte. Simplemente aquello a estas horas se reconvertirá en un lugar público de entretenimiento. Televisan un partido de fútbol de la copa inglesa. Alrededor del autobús hay una gran actividad. Bajan de la cubierta animales, muebles, motos, bicicletas; y sacan de la parte de abajo las maletas y las amontonan a un lado del vehículo. El polvo rojo marciano que nos cubrió durante el viaje también llegó a ellas. En la oscuridad es difícil distinguir una de otra. La gente las busca con linternas. Poco a poco vamos localizando las nuestras, pero no encontramos una de ellas. Es de Mari Carmen. Puede ser una que tiene una pegatina del aeropuerto de Bamako, pero nos dice que no es la suya. Esta maleta es roja y la suya es negra. Casi todos los pasajeros han cogido ya sus bultos y cada vez quedan menos en el montón. Los trabajadores están más nerviosos que nosotros, es un problema para la compañía que alguien, y más un extranjero, pierda su equipaje. Nos ayudan a registrar con linternas los maleteros del autobús. Menos nosotros, todos los pasajeros se han ido y ya sólo queda la maleta de la pegatina del aeropuerto de Bamako. Alguien la apunta con su linterna. Otro la levanta y le sacude el polvo. Pasa de ser roja a negra en un segundo.