Puentecito

Si algún día tuviese que convertirme
en piedra,
me gustaría hacerlo
en uno de esos puentecitos
sobre el río Darro
que hay a los pies de la Alhambra.
En ese a cuyo lado crece una higuera
y los gatos juegan junto a la rivera
y bajo él, a pesar de la corriente,
el agua se arremolina, se detiene,
y se resiste a seguir su cauce,
como si supiese que en su correr,
no volverá a contemplar
nada más bello.

 

El violinista (Granada)

En Granada hay un viejo violinista que toca en la calle. Tiene la cara gastada y viste un traje gris y un sombrero, como los viejos en las películas antiguas, cuando asistían a un entierro. Sus ojos están semiocultos tras unas grandes bolsas, y tan desalineados como en un cuadro de Picasso. Siempre lo veo en la misma avenida, en el mismo lugar. Siempre que paso por allí está tocando. Ya no sé si él toca el violín o el violín lo toca a él. Granada es una ciudad antigua, y él es antiguo también, pero siempre permanece a las afueras del casco viejo, donde empiezan los suelos de granito y los bancos de diseño. Es como si la vieja ciudad lo hubiese desterrado, y condenado a permanecer al otro lado de sus puertas, en una isla perdida, entre un mar de coches y autobuses. Pero él nunca deja de tocar, nunca descansa, siempre toca. Como si una amante que no vemos, nunca se cansase de escucharlo. La gente deja unas monedas delante, en una caja de madera con forma de violín, abierta en dos mitades. Pero él no los atiende, como si la caja no fuese para eso, como si sólo desease que, cuando su música se detenga, lo introduzcan en ella de alguna forma, y le permitan descansar en aquel lugar para siempre, junto a su violín.