La calle de Obispo es una de esas calles del mundo que nunca me cansaría de atravesar. Siempre que lo haces hay algo en lo no reparaste en las veces anteriores, algún personaje, o algún detalle. Como es la calle peatonal con más tránsito de gente en el centro de La Habana Vieja, hay comercios y sobre todo bastantes bares. En ellos algún grupo de música en la puerta sirve de reclamo para entrar a comer o a tomar una copa. Suelen tener uno o dos vocalistas, un par de percusionistas, una guitarra y una trompeta. Todo sin un solo cable, sin electrónica. Cuando vas paseando por la calle y terminas de escuchar la música de un grupo, comienzas a escuchar la del grupo del siguiente bar. Siempre se escucha de fondo alguna voz, y el ritmo de la clave, los dos palitos que marcan el ritmo de la salsa, con el que te apetece hacer tu camino bailando.  Me detengo en uno de ellos, como en casi todos hay un grupo tocando. En la barra hay varias personas tomando un mojito. Apartados, junto a la puerta, hay unos hombres jugando al dominó. Lo hacen sobre un cuadro típico de Galicia al que han añadido cuatro patas de madera para utilizar como mesa. La ilustración es un fondo marino con crustáceos y conchas, grande y con un buen marco, y un cristal lo suficientemente grueso como para soportar la presión de las manos moviendo las fichas de dominó.  Hay un seis doble sobre una concha, un uno-cinco sobre la pinza de un crustáceo y un tres doble sobre la cara de otro de ellos. Salgo a la calle, y cuando casi dejas de escuchar al grupo, se sigue escuchando otro ritmo. Es el de un hombre ciego, que pide ayuda con un bote que mueve y que agita también al ritmo de la salsa.

La calle Obispo se ensancha en su final con La Plaza de Armas. En ella siempre hay un mercadillo en el que se venden libros y revistas de muchas partes de Sudamérica, de Cuba, y de la revolución. En una parte de la plaza el suelo está adoquinado con tacos de madera, porque según cuentan, en el palacio que preside la plaza vivían los antiguos mandatarios de la isla, cuando era una colonia, y uno de ellos ordenó hacer esto para poder dormir la siesta, ya que el trasiego de carros y caballos provocaban mucho ruido. Hoy día tampoco podría dormirla con la cantidad de gente que visita el mercadillo y la actividad que hay alrededor. Unos hombres con unos zancos se elevan andando y bailando a dos metros del suelo a ritmo de unos tambores. En una esquina un hombre orquesta reivindica su espacio musical,  tocando una guitarra, unas maracas con un pie, un platillo con otro, una armónica entre los labios sujetada por un gancho y cantando a la vez. En otra esquina otro hombre hace un numerito con un perro y un ratón. El ratón trepa por el cuerpo del perro hasta su cabeza, y a una orden de su dueño, el perro pasea al ratón, que guarda el equilibrio hasta que el perro se detiene. Todos los artistas de la plaza llevan una cartulina identificativa con sus datos personales y su foto. Me imagino con que la que las autoridades les acreditarán estar autorizados para trabajar allí. En el caso del hombre, el perro y el ratón, en proporción a su tamaño, cada uno tiene colgado al cuello su cartulina con su nombre y su foto.