Subimos durante un buen rato en un teleférico, hasta alcanzar el lugar entre las montañas que hace dos mil años habían elegido unos monjes para vivir, a unos cien kilómetros de la ciudad de Datong. Iba con el grupo de mis compañeros viajeros, pero pronto entendimos que aquel era un lugar para transitar en soledad. Nos acompañaba una guía de la zona, que además de conocer aquello y de contarnos cosas interesantes, era casi la única que tenía un teléfono móvil conectado a la red, aunque no sé si la tecnología moderna alcanzaba aquel lugar. Tratábamos de mantener un cierto contacto para no dispersarnos, pero lo que allí se respiraba invitaba a acomodarse cada uno a su aire, transitando por caminos esculpidos en la piedra, visitando uno a uno los templos de diferentes creencias, unidos por la singularidad de aquel lugar. El alcanzar alguno de ellos suponía un gran alivio, después de subir empinadas e interminables escaleras. Cada una de ellas llevaba a una construcción de madera o ladrillo rojo, con los típicos tejados combados al estilo oriental, que parecían nacer en la montaña. Asomado al abismo desde la entrada de uno de ellos, y contemplando a otros que colgaban de montañas cercanas, tuve la extraña sensación de que nunca nada ni nadie había perturbado aquella paz, aquel silencio.
El internarse en el interior de alguno de los templos suponía una experiencia mística. El olor a incienso de la entrada predisponía a un ambiente oscuro, entre sombras, entre las que sobresalían figuras elevadas, que pronto te rodeaban. Parecían antiguas personas que desde hace mucho estuviesen esperando tu llegada. Las de los laterales clavaban sus miradas de forma penetrante, inquisitoria, como exhortándote a que abandonaras aquello si no ibas de buena voluntad. Las del centro eran más indulgentes, como monjes o peregrinos que hubiesen logrado un grado de calma, de paz, de sabiduría, que trataban de transmitirte con diferentes gestos, con sus rostros, con sus manos. Aquellas imágenes, aquel lugar, transmitían tanta seguridad, tanta confianza… En uno de los templos que entré, uno pequeñito en el que no había nadie y en el que nadie entró mientras estuve, pasé un tiempo que no sabría determinar. Permanecí inmóvil, en el centro de la estancia, observando cada detalle, de los infinitos que tenía aquel lugar. Conseguían que la mente se evadiese, se dispersase, en comunión con los viajeros que durante siglos habían sorteado enrevesados caminos hasta llegar allí.
Salí de la sala con un espíritu reforzado, con un deseo irrefrenable de compartir la experiencia con alguno de los compañeros. Pero no vi a ninguno. Como habíamos seguido la tendencia de subir por la montaña de un templo a otro, decidí que estarían más arriba, por lo que seguí ascendiendo. Pero tras varias escaleras de piedra comprobé que había dejado atrás la zona construida, y que seguir los caminos significaba continuar hasta la cumbre de la montaña. Intuyendo que los compañeros habrían llegado allí y conociendo sus ganas de aventura y de alcanzar algún lugar con buenas vistas, me dispuse a atacar la subida final. Traté de hacerlo lo más rápido que pude, para intentar alcanzarlos. Pero fue en vano, cada vez que subía una cuesta y abordaba algún recodo nadie aparecía al otro lado. La cercanía de la cumbre de la montaña se fue anunciando por lo empinado de los caminos, por una espesa niebla que casi ni permitía ver hacia abajo, por un frío gélido y un viento endiablado que trataba de arrancarte de la senda. Tras un buen rato logré alcanzar la cumbre. Había un mirador de piedra. Estaba vacío. Aquel lugar elevado, rodeado de montañas, desde donde se podían distinguir los templos colgantes como pequeños puntitos, era de los más bellos en los que nunca había estado, pero la sensación de inseguridad me atenazaba. Si mis compañeros no estaban allí es porque cuando decidí subir, ellos ya se habían dado la vuelta, y en el tiempo que yo había estado subiendo, ellos ya habrían bajado. Al no verme me habrían dado por perdido. Perdido en una montaña con caminos laberínticos y sin saber cómo volver.
Traté de desandar el camino andado lo más rápido que pude, deslizándome entre la niebla, descendiendo por las empinadas sendas, tratando de que el viento no me empujase hacia el abismo. Así conseguí retornar a la zona de los templos. Había escuchado a nuestra guía que finalizada la visita bajaríamos a pie hasta el lugar desde donde habíamos partido por la mañana, donde nos había dejado el transporte. Pero también sabía que a ese lugar de encuentro se podía retornar en el mismo teleférico que nos había subido, y seguro que de un modo más rápido, por lo que traté de volver a él. Tras perderme por algunos caminos lo conseguí. Pero la situación parecía volverse en mi contra aún más. No había nadie en las taquillas, estaba desierto. Prueba de que estaba detenido, es que en los cables que arrastraban las cabinas había ropa colgada en unas perchas, como para que se secase. Decidí entonces volver a la zona de los templos y buscar el camino que bajaba. Con los pocos chinos con los que me cruzaba intenté preguntar en inglés, pero no había forma, nadie sabía. Una pareja trató de indicarme con gestos la dirección de una bajada, pero era complicado.
Finalmente, tras un buen rato perdiéndome por laberintos entre los templos, conseguí encontrar un camino que descendía. Parecía bien señalizado en chino. Podría ser el lugar por donde se accedía allí andando. Traté de bajar lo más rápido que pude. No quería imaginar que estarían pensando mis compañeros de lo que me hubiese ocurrido. Ya habían pasado varias horas. Aquí la bajada era algo más suave que en la parte alta de la montaña, y no hacía tanto viento ni frío, pero a cambio había comenzado a llover. Transcurría por en medio de un bosque, por lo que los árboles no me permitían saber a qué altura de la montaña estaba y si quedaba mucho para llegar abajo. Pero finalmente, tras un buen rato medio andando medio corriendo, atisbé el final del camino y con él la explanada desde donde habíamos partido por la mañana.
Pero de pronto, algo hizo que me detuviese. Un sonido comenzó a escucharse entre las montañas. Era algo estridente. Descifré que el ruido tenía un sentido, alguien estaba gritando unas palabras. Parecían lanzadas al viento con el megáfono con el que el vendedor de fruta cruzaba mi barrio cuando era pequeño. Era mi nombre. Retumbaba entre las montañas y dejaba un eco metálico de fondo. Entre los templos, con miles de años en paz y en silencio, se escuchaba mi nombre. Finalmente había tenido que ser yo quien perturbase aquello.