En mi caso al menos, para comunicarme en China prevalecieron los gestos. Toser o hacer como si se estornuda para pedir un medicamento en una farmacia, solicitar que un plato de comida no tuviese picante agitando la mano por delante de la boca para alejar el aliento, o colocarse los dedos índices en la cabeza a modo de cuernos y hacer como que se embiste, para dar a entender que venía desde España. Esto último era bastante habitual, porque a menudo me preguntaban de donde era. En el traductor del móvil se leía “Xibanya”, que luego la gente pronunciaba algo así como “Sipania”, pero al decirlo nunca acertaba con el tono y no me entendían, con lo que finalmente tenía que hacer el gesto de los cuernos. Entonces se encendía una luz en la persona que tenía enfrente y exclamaba: “¡¡¡aaaaah!!! Sípániááá”, como diciendo: ¡haberlo pronunciado bien, hombre!
Algo parecido me ocurrió en un museo en la ciudad de Xiam. Ese día la entrada era gratis, y había una enorme cola para entrar. El aburrimiento invadió la acera donde esperábamos. Todos eran chinos, no parecía haber ningún otro occidental por allí. Unos niños pequeños me miraban con curiosidad, pero eran muy tímidos, y al mirarlos yo a ellos cambiaron el gesto hacia otro lado. Entonces me puse a disimular repasando unas fotos en el teléfono móvil. A los pocos segundos giré la cabeza hacía ellos. Como imaginé, habían aprovechado para explorarme intensamente con sus miradas y satisfacer su curiosidad. Ante la situación los chicos rieron. Repetí lo mismo dos o tres veces y cada vez se reían más.
Pero de pronto, por detrás, un joven se dirigió a mí pronunciando un nombre a la vez que señalaba la pantalla de mi móvil. En ella aparecía en ese momento la foto de una ciudad que había visitado tan solo un par de días antes. El chico parecía querer decir el nombre de algún lugar, pero yo le decía: “no, es Pingyao, la ciudad de Pingyao”. Pero el dudaba y se quedaba pensativo. Entonces busqué en el móvil un mapa de la ruta que estábamos haciendo por China y amplié la zona de Pingyao. Al ver el nombre dijo: “¡ohhhh, Pingyaóóó!”, es decir, prácticamente igual, pero con diferente entonación. Luego el chaval quiso saber de dónde yo venía, y tuve que recurrir a los “cuernos” del mismo modo que he comentado anteriormente para “Sipania”. Se veía una persona muy inquieta y curiosa, y al darse cuenta de que era imposible de que mantuviésemos una conversación, recurrió a un programa de traducción de su móvil, y comenzó a preguntarme cosas mostrándome su teléfono. Yo le respondía del mismo modo, y así establecimos una comunicación por escrito, a través de los “transleitors” de ambos teléfonos móviles. Recuerdo que entonces me acordé de Marco Polo y de su viaje a China de hace unos cientos de años (¡qué bien le habría venido bien esto!, pensé).
Y así, como dos mudos, casi sin hablar, mostrándonos el uno al otro la pantalla del móvil, nos llevamos casi las dos horas de espera para entrar en el museo. Cuando llegamos a la entrada el chaval se comportó de un modo muy amable, mediando con la chica de la taquilla para facilitarme el que me diesen una entrada, que me era gratuita si enseñaba el pasaporte. También en el paso por el detector de seguridad, ya que no estaba permitido entrar con un mechero y me lo habían detectado. Una guardia de seguridad me pidió que me lo sacase del bolsillo, pero no la entendí, y el joven hizo de traductor. Cuando entramos en el museo, después de tanto tiempo de espera, los dos estábamos tan ansiosos por explorarlo que nos separamos con una especie de convencimiento de que nos volveríamos a ver deambulando por el edificio. Pero finalmente no fue así, y no volví a trasleitohablar más con él.